Volverse eco-zen

Señoras y señores atemorizados ante la llegada del buen tiempo y del destape corporal, ya hemos enterrado la sardina. Y estáis tristes, lo sé. Se acabó el despiporre carnavalesco y eso os duele. Pero yo, sin embargo, estoy tocando castañuelas, porque con la despedida y sepultura del pescado en cuestión se ha inaugurado una de las épocas del año más gloriosas del universo: la de los buñuelos de cuaresma.

¡Sí amigas! Llevo esperando esa fantasía de roscos bañados en anís, matalauva y otros lingotazos y retozados en azúcar blanco refinado más de 2 meses. He soñado con ellos. He preguntado por ellos día tras día en la panadería de mi pueblo periférico. Me he planteado hasta dormir en un Restform durante 8 semanas en la puerta de dicha panadería como si fuera el Palau Sant Jordi a las vísperas de un gran evento musical para ser la primera en adquirirlos.

Y, por fin, están disponibles.

Disculpadme entonces si estoy un poco ausente próximamente, pero voy a andar muy ocupada devorando buñuelos de cuaresma y lidiando con los ardores de estómago. MUY ocupada.

Aunque, tenéis que saber que eso no es lo único que me quita el sueño… En estos momentos me encuentro en ese oasis de calma que existe entre el parón laboral previo al parto y el infierno del posparto y de los 3 primeros años de vida de una criatura. Oasis que estoy aprovechando para dos cosas, principalmente:

  1. HACER EL NIDO

Sí bienaventuradas seguidores de este nuestro blog, ya me ha dado, ya me ha entrado. En una semana he vaciado el mueble del baño hasta aspirar hasta el último pelo, he organizado el armario de la niña por colores y temporadas y he vaciado y limpiado el vestidor hasta llenar con orgullo y satisfacción el contenedor de la humana de mi calle con hasta 8 bolsas de basura con ropa que ya no uso, ropa de gimnasio que jamás tendré tiempo de usar, bufandas con pelotillas, ropa vieja que guardaba para «estar por casa» como si por casa tuvieras que ir hecha un cuadro naftalinesco, zapatos, bolsos, bikinis sin elasticidad alguna por el efecto del cloro y del sol, mis adorados aros de color naranja de mi época garrulesca del Max Fiesta y si me pongo tiro hasta a Yurena por las escaleras.

Todo un despliegue de limpieza y orden que ha multiplicado mis contracciones de Braxton Hicks hasta recordarme el verdadero objetivo de este periodo de inactividad laboral:

2. CUIDARME

Claro que sí. Amigas y conocidas, también me ha dado por cuidarme. Me ha dado por apuntarme a natación para embarazadas y cagarme en lo fría que está el agua de las piscina de los gimnasios en general. Me ha dado por ponerme crema de manos todas las noches, cacao, exfoliantes y hasta mascarillas faciales japonesas hasta asustar a mi marido hipster. Me ha dado por comprar en el Mercadona de delante de mi casa y pedir las bolsas de papel en vez de las de plástico para preservar el planeta que dejaré a mis descendientes. Me ha dado por comprarme champús orgánicos, yogures orgánicos y hasta bragas de algodón orgánico. Señoras y señores, me ha dado por hacer YOGA.

La semana pasada comencé mi formación de yoga para embarazadas. Un hito histórico que quedará para siempre marcado en mi línea de la vida, provocando un antes y un después sin precedentes. Queridas amigas, queridas conocidas. Me he vuelto eco-zen.

Solo me han bastado tres estiramientos, dos posiciones invertidas, cuatro rotaciones cervicales y la postura del perro hacia abajo para darme cuenta de que esto es lo mío señoras. Pese a la barriga, pese a las pérdidas de orina experimentadas en cada salto de la rana, he encontrado en el yoga una fórmula mágica que me aporta relajación y una flexibilidad que ya quisiera el señor vestido de azul del chicle Boomer.

El espectáculo, por eso, es lamentable. Cuatro chochas gordas capitaneadas por una comadrona hippie a la que le van las velas de vainilla y el incienso y los usa desmesuradamente hasta colocarnos a todas nivel Jean-Claude Juncker.

Y es en ese estado de subidón estupefaciente es cuando comenzamos a mover rítmicamente la cabeza y los brazos, con respiraciones rápidas y profundas hasta entrar en un trance hiperventilado sin igual. Luego, iniciamos un movimiento circular de las caderas, con las manos en la barriga, para conectar con un bebé que tiene que estar más mareado que Marujita Díaz después de haber hecho el truco de los ojos centrifugadores. Sumadle ahora una siempre agradable mirada bizca al Ajna Chakra que, si no sabéis dónde está, ya os digo yo que se encuentra en el entrecejo. Y, por si no fuera suficiente cuadro de estampa, luego añadidle unos mantras que tenemos que cantar todas al unísono y con una voz aguda imposible de entonar. 

Me-e-raaaan, me-e-raaaan. Unos lyrics muy apropiados para el estado de escape urinario del que estamos siendo víctimas aunque, según la comadrona hippie, se trata de algo mucho más profundo: un canto al amor infinito. Porque cuando una está embarazada parece ser que se está en modo happy flower, paz mundial y no necesitas que esa melodía la pille J-Balvin para que suene en nuestro interior como un pelotazo internacional.

Después de entonar el me-e-raaaan durante cinco minutos, nos hace tumbarnos en una esterilla con una manta y un cojín y nos empieza a enumerar una por una todas las partes del cuerpo que tenemos que relajar. Y, ay amigas, cuando llegamos a las vísceras, que no sé ni cómo se relajan ni por qué, yo ya me hallo medio dormida y a punto del ronquidito. Porque, señoras y señores, estos son los únicos 10 minutos que mi cuerpo va a poder reposar, con el me-e-raaan retumbando en mi cabeza. Así que me dejo llevar y me duermo. Me duermo como una señora. Me duermo como la madre de Rebeca en un plató de televisión. 

Y me despierto justo cuando hay que cantar los tres «oooms» y cerrar el espacio de yoga. Una maravilla para los sentidos.

Después nos sentamos en círculo, nos miramos, y la comadrona hippie nos habla de el parto y esas cosis. Nos habla del poder de la mente, de los chakras y nos emplaza a encontrar un mantra que nos inspire para el día del parto. Porque, según ella, si ese día nos ponemos en trance a cantar algo así como me-e-raaan en cada contracción se nos olvidará el dolor. Y la promesa viene con garantía de Galerías del Tresillo si hace falta. Y yo, que en otros tiempos hubiera contestado que mi mantra va a ser eeee-piii-du-raaaal, ahora salgo de las clases de yoga tan empoderada que hasta me planteo ponerlo en práctica y tener un parto natural sin anestesia. 

Y todo eso se lo cuento a mi marido hipster cuando llego a casa. Lo de los chakras, los mantras y el me-e-raaan, mientras él me contempla atemorizado como si estuviera viendo la mismísima boda de Erik Putzbach con un vejestorio. 

No me miréis así vosotras también. Encontraré un mantra chocho al que agarrarme ante la adversidad y seré feliz eternamente… O quizás me durará la fiebre eco-zen lo mismo que me duró mi pasión por el patinaje artístico cuando tenía 6 años, mi vocación por la pintura o mi ilusión de ser fotógrafa. Lo mismo que un buñuelo de cuaresma en mis manos, vaya.

Palabra de chocha.

1 comment
  1. Vero! M’encanta llegir-te i m’encanta que hagis començat amb el ioga! potser acaba sent un amor llarg i durader, quien sabe!

    Una abraçada,

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