Vacaciones chochiles

Amigas con papagayos colgones y amigos con esfínteres sueltos a los que se les caen las ventosidades en cualquier lugar y ocasión. Ha pasado mucho tiempo, lo sé. Mucho más de lo que me hubiera gustado. Esto en realidad iba a ser un parón de 4 semanas para que las estadísticas de este nuestro blog no se hundieran con el calor de agosto y vuestro mood verbenero. Pero al final se ha convertido en una ausencia tan larga como la que protagoniza todos los veranos Ana Rosa Quintana. Ella lo hace para operarse de arriba a abajo y empezar temporada con buena cara. Pero este no es el caso, amigas. Yo no tengo la suerte de la reina de las mañanas ni la de Carmen Borrego sin su papada.

El motivo de tan dilatada ausencia es que las vacaciones han sido intensas y chochas. Muy chochas. Chochas nivel quitarse el bañador húmedo para no mojar el asiento del coche después de una mañana de playa. Nivel llevar otras bragas en el bolso para dicho cambio de vestuario. Nivel desarrollar dicho cambio de vestuario en mitad de la calle, con la única barrera visual de la puerta del coche y un arbusto y sin importarte lo más mínimo que te vean el culo. Nivel contemplar como tu marido abronca a dos adolescentes por tirar dos latas de cerveza al suelo mientras tú les lanzas una mirada de desaprobación fulminante sin reparar lo más mínimo en que estás en sujetador en mitad de la vía pública. Y que no es tu mejor sujetador. Que no es lencería fina sino una especie de trapo descolorido y con aros.

En definitiva, chochismo nivel terminar de cenar, dormir a la niña y escoger la reposición de Sálvame Naranja del viernes 14 de septiembre como único plan de ocio del día para ver tranquilamente la llamada de Isabel Pantoja, rebobinar los anuncios, comerte dos tortas de esparto Bicentury con chocolate y avellanas y disfrutar de la maravilla audiovisual de ver a Chelo García Cortés disfrazada de Amy Winehouse.

Unas vacaciones tan chochas que, pese a que han durado solo 3 días me han mantenido en shock durante 6 semanas. Tres días en la Costa Brava que me sirvieron para acabar de confirmar que soy una chocha y que mi ocio vacacional ya no volverá a ser igual.

Vaya por delante la advertencia de que unas vacaciones chochiles no admiten vergüenza. Tú lo que quieres es que me coma el tigre, mi carne morena, desconectar y divertirte, y por eso aprovechas el hecho de salir de casa e instalarte provisionalmente en un destino en el que no te conoce nadie para dar rienda suelta a tu concepto de desmelene veraniego y subirte en una noria con tus amigas clientas todas de Indasec.

¿Qué ha llevado a estas tres señoras a dar vueltas en unos caballos de mentira? No lo sé. Pero dos cosas sí que os voy a decir: primero, que este GIF no está sacado de Internet sino que es tan real (pronunciado rial) como la vida misma y segundo, que la feria es un tema, sí señoras. Subirse a los caballitos, cacharritos o cualquier otro sinónimo acabado en -ito es un tema. Subirse cuando tienes más de 30 años obviamente es un tema. Subirse, además, con el bolso colgando también. El uso del bolso en general es EL tema. Pero no voy a ser yo quien lo desarrolle. Suficientes causas kafkianas deben haber que expliquen todo lo anterior como para detenernos nosotros en los motivos. Las ferias te dan la vida en verano, los columpios giradores contoneados por señores con pinta de ladrones de Ford Kugas te alegran cualquier tarde de domingo, y el megamix de estribillos reggetoneros versión house se convierten en lo más parecido a salir de fiesta que volverás a experimentar jamás. Eso, y la animación nocturna del hotel.

Amigas y conocidas esto es fantasía. Alojarte en un hotel con animación es lo que necesitas, terminar de cenar a las 8 y media de la tarde y pasearte por los pasillos con una botella de champán de dudosa calidad se presenta como indispensable en tu vida, irrumpir en un salón que huele a armario cerrado es un planazo y asistir casi en solitario al concierto en directo de tres chochos con organillo y coreografía de fiesta mayor, claramente convertido en lo mejor que has vivido desde la mueca-burla de Beatriz Pérez Aranda en mitad de un informativo de TVE.

Y cuando digo casi en solitario no lo digo por mera exageración literaria. Lo digo porque fue lo que pasó. Tan fidedigno como el hecho de que Aramís Fuster haya tenido una aventura con Obama. Es así. En aquella sala diáfana solo estábamos la chocha que bailaba pisando con fuerza hormigas imaginarias, el marido abochornado de la susodicha, mi marido el rubio hipster, mi hija dándolo todo y una servidora registrando el momento para este nuestro blog pese a ser vilmente interrumpida por los codazos de mi marido al son de «para ya que te van a decir algo». Pero ya sabéis seguidoras del chochismo, que una de las virtudes de la época dorada que nos ocupa es la ausencia total y absoluta de disimulo y lo poco que te importa este hecho.

Así pues, no contenta con grabar a la pisadora de hormigas, decidí registrar una pareja de chochos muy pintoresca que se unió a la fiesta: una mujer que bailaba con un palo selfie acompañada de un señor con look cubano. Otra fantasía.

Estábamos dándolo todo, lo estábamos pasando bien. Tal era nuestra fiesta que la líder del conjunto musical decidió pausar su coreografía de contoneos laterales y lanzarnos el siguiente reto:

Artista chocha: «Qué os iba a decir… que si queréis que toquemos alguna canción nos la podéis pedir».

La única persona de habla hispana que estaba en la sala y que entendió el mensaje contestó que «alguna de Shakira», a lo que el guitarrista del trío musical respondió sin ningún tipo reparo que «esa mierda no, por favor». La señora contraatacó con un «bueno pues algo de Carlos Baute», lo que provocó una mirada asesina del rebelde chocho musical seguido de un «eso tampoco, venga, otra». La cosa estaba a punto de terminar como el enfrentamiento entre Pocholo y Karmele en el plató de Tómbola.

Pero la chocha de las propuestas decidió zanjar el tema con un «bueno pues lo que queráis» y el conjunto orquestal decidió deleitarnos con un «Corazón espinado» de Maná, que siempre apetece.

El panorama era desolador y entretenido a partes iguales. Un show digno de los años gloriosos de los apartamentos en Torrevieja, de las actuaciones de María Jesús y sus pajaritos en Benidorm o de la siempre mítica, brillante y lujosa noche marbellí. Por un momento me sentí como Gunilla Von Bismarck bailando el chachachá en una fiesta cualquiera con bien de bronceado y de dientes relucientes.

Celebremos, queridos. El chochismo ha vuelto. 

Palabra de chocha.

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