Tres chochas de concierto

Queridas amigas pre seniles que todavía no os habéis enterado de que ahora mismo lo más esencial en esta vida es reírse con H y no con J en Whatssap. Esta semana quiero hablaros de algo muy emocionante. Algo flamenco y jaranero que ocupó mi agenda del pasado fin de semana. Y no, no estoy hablando de la limpieza general de primavera-verano, que todavía hay polen en el ambiente y hasta que las tormentas no desaparezcan de nuestro clima no pienso gastar ni una caloría en dejar relucientes las rendijas de las persianas. Me refiero a un evento social de máxima envergadura. Uno de esos planes que suceden aproximadamente igual de a menudo que contemplar una estrella fugaz en el firmamento mientras tu marido recoge la cocina sin dejarse ningún resto de comida en el fregadero. Un plan único e irrepetible: quedar con tu hermana/vecina y con tu madre un sábado por la noche e ir juntas al concierto de PABLO ALBORÁN. Solas, sin maridos y sin niñas.

Como os podéis imaginar semejante plan nos dio el mismo subidón que a Lydia Lozano bailar un chuminero. Un plan que organizamos hace la friolera de 4 meses, cuando mi hermana y yo decidimos regalarle a mi madre las entradas del Alborán por su cumpleaños. La mujer no había vuelto a pisar el Palau Sant Jordi desde que en 2002 la obligué a acompañarme al concierto de la gira de Operación Triunfo 1 y la hice correr por todo el recinto para lograr la mejor posición para ver bien de cerca la vuelta y patada de David Bisbal y cómo Chenoa se pasaba el micro de una mano a otra. Así que, imaginaos lo emocionada que estaba ante semejante cita… Tan emocionada que a las 8:55 h de la mañana nos mandó un mensaje por el chat familiar de Whatssap con una urgencia y necesidad muy clara:

Mama: «¿De qué queréis los bocadillos?»

Efectivamente, no eran ni las 9 de la mañana y la mujer ya estaba organizando la cena. Que ya se sabe que los artistas tienen la manía de programar sus conciertos en horas muy poco conciliadoras con la ingesta de alimentos nocturnos y siempre te dejan con la duda de si es mejor merendar fuerte antes del show o cenar cuando termine. Y así, con esta pregunta en el aire, te pasas el día hasta que, al final, no te aclaras y ni meriendas, ni cenas tarde quedándote más desconcertada que Laly Bazán tomando un café con sus perros.

Pero mi madre no estaba dispuesta a permitir que pasáramos hambre. Nada de eso. La mujer había preparado una mochila tamaño bulto gigantesco con: 3 bocadillos (uno de longaniza, uno de jamón y uno de lomo embuchado); 3 botellas de agua Bronchales del Mercadona que saben fatal pero oye, son baratas; y medio quilo de cerezas del huerto en una bolsa bosque verde. Insisto, medio quilo de cerezas.

Con todo este cargamento alimentario allá que nos dirigimos nosotras hacia la puerta de acceso. Y entonces lo vimos. Tres guardias de seguridad muy chochos, gordos y con poca pinta de alcanzarte si la lías y sales corriendo, revisando uno a uno todos los bolsos XL que llevaban las señoras allí presentes.

La posibilidad de que nos quitaran los bocadillos, el agua Bronchales y el medio quilo de cerezas acababa de hacer acto de presencia. Necesitábamos un plan para pasar nuestro menú… Decidimos apartamos de la cola y sentarnos al borde de una fuente para crear una coartada. Si nos encontraban los bocadillos, argumentaríamos que mi madre es diabética (mentira) y que necesitaría tres bocadillos y medio quilo de cerezas para reponerse en caso de bajada de glucosa. Nadie se mete con un diabético y, además, contábamos con mi gran experiencia embrolladora para pasar comida en conciertos y para montar pollos. Venga, atentos todos que viene una anécdota personal. Vamos allá.

Hace cuatro años, cuando todo era campo, mi vientre era plano, mi pelo sedoso y mis paredes vaginales estaban tonificadas, decidí montar un pollo ante un segurata del festival BBK de Bilbao para que me dejara pasar un bocadillo. Llevaba dos días de festival y estaba hasta la peineta de comer hot dogs plasticosos a 7€. Así que, me compré un Pepito planchado y me lo metí en el bolso. El segurata quiso requisármelo pero le monté un pollo argumentando que era celíaca (mentira) y que no era mi santa culpa que allí no tuvieran ningún bocadillo o menú sin gluten. Al chico se le cayó la cara de vergüenza y me dejó pasar mi Pepito planchado sin saber que ese pan tenía todo el gluten del universo.

Y si pude convencer a un segurata hipster, cachas y con siete neuronas, ¿por qué no iba a poder con un vigilante chocho? La respuesta, para mí, estaba clarísima, pero mi madre decidió hacer amigas reinonas y preguntarles si se podían pasar bocadillos. Las tres gracias iban con una mochila capaz de provocar un eclipse solar, así que eran las más indicadas para responder a la pregunta, sí señores. Y con un tres y un cuatro, una de las mujeres sacó su móvil y nos mostró una captura de pantalla de la web del Palau Sant Jordi.

Así que era tan fácil como eso… Defraudadas porque nuestra aventura de conspiraciones y conflictos se había terminado, decidimos entrar al recinto y buscar nuestros asientos. Sí, asientos. Porque cuando eres una chocha, eso de ir a un concierto en pista como que no. Tú lo que quieres es espachurrar tu pepe en una silla, aunque sea incómoda, disfrutar del espectáculo, aplaudir y, en el momento más álgido de la noche, levantarte y hacer unos sencillos contoneos corporales y unos movimientos circulares con los brazos para mostrar lo bien que te lo estás pasando.

Pero, antes de que llegara el vis, antes de que sonara el temazo más conocido, antes siquiera de que se apagaran las luces y comenzara el concierto, decidimos que lo mejor era comernos las cerezas. La gente de alrededor nos miraba algo extrañada pero nosotras estábamos disfrutando de ese producto ecológico mientras nos preguntábamos por qué nos habían quitado los tapones de las botellas de agua Bronchales y nos habían dejado pasar con semejantes proyectiles mortales.

Efectivamente, mi madre comía cerezas, mi hermana iluminaba la escena con su móvil en modo linterna y yo me mantenía al margen porque un leve retortijón de barriga me había recordado la diabólica diarrea que te puede entrar si te atiborras a cerezas. Y, oye, con mi incontinencia urinaria premenopáusica ya iba a perderme la mitad del concierto…

De pronto, las luces se apagaron y la música comenzó a sonar. Los gritos desgañitados de las cientos de chicas de la pista y el olor a pedo de alguna chocha que se le había escapado el puntillo con la emoción, nos indicaban que el concierto había empezado. Pablo Alborán apareció en escena y nosotras decidimos que lo mejor que podíamos hacer en ese momento era iniciar un debate sobre si el cantante estaba más cachas o si estaba igual que cuando empezó en la música.

Sí, habíamos pagado casi 300€ para apoltronarnos en tres sillas del Palau Sant Jordi, comer cerezas, hablar durante 30 minutos sobre el físico de Pablo Alborán y deslumbrar a 8 filas delanteras activando sin querer el flash de la cámara del móvil para grabar un vídeo pixelado.

Palabra de chocha.

5 comments
  1. No puc parar de riure!!! Vivan las chochas viendo Pablo alboran!! La foto més bona: sra salguero comiendo cerezas 😂😂😂

    1. Jajaja es va posar fina 😂

  2. 🤣🤣🤣🤣 yo me lo pasé genial y como somos de pueblo hay que ir bien preparadas por si acaso mis hijas dicen que soy una gertrun pero la verdad es que soy la más chocha.

    1. Gertruns total, un subconcepto del chochismo que algún día explicaremos 🙂

  3. No puedo parar de reírme 😂😂😂😂😂😂

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