Partos chochos

Queridas compatriotas chochas, si no habéis muerto estos días de endiablado temporal os doy la bienvenida de nuevo a este nuestro blog. Espero que estéis todas bien y que vuestras permanentes y cardados no hayan perdido la dignidad y hayan aguantado las huracanadas rachas de viento de estos días mejor que el peluquín platino de Donald Trump.

Amigas… Muchos sucesos han acontecido desde la última vez que escribí por última vez en este portal web de dudosa constancia: Bigote Arrocet ha dejado a Queen María Teresa Campos por whatssap, Carmen Lomana nos ha enseñado que llevar abrigos de visón de pelo natural ayuda a combatir el cambio climático y se ha sabido se ha destapado que Chelo García Cortés y Robert Redford son la misma persona.

Varios meses de silencio chochil que me han dado para iniciarme en el yoga, finalizar en el yoga, protagonizar dos o tres nuevos conflictos vecinales, engancharme a unos peligrosos chicles sabor sandía y deleitarme con el ritmo y la alegría de vivir de Chabelita en su debut musical.

Bueno, para eso y para tener a mi segunda y última descendiente. Sí amigas, habéis oído bien. Hasta aquí mi extirpe, hasta aquí mis genes dicharacheros, hasta aquí mi aportación a la evolución humana. No habrá más hijos. Mi útero está tapiado.  Eso os lo juro yo por el pendiente de oro que Lola Flores perdió en el programa de televisión festivo de José María Íñigo.

Casi un año después de dejar de escribir precipitadamente en este portal web de extrema necesidad y reputada imagen os puedo comunicar que ya he parido. Bueno, lo hice hace más de 7 meses, pero creo que es justo que inicie esta segunda temporada del blog relatando cómo fue mi parto. Porque, bienaventuradas compañeras y futuras compradoras de Dermovagisil, quizás no lo sabéis, quizás no lo sospecháis, pero una cosa es parir y otra muy distinta parir cuando eres una chocha nivel María Teresa Campos intentando perrear con David Broncano.

Para empezar, cuando eres una chocha eso de que el parto te sorprenda en cualquier momento y en cualquier lugar como que no te va bien. Por la noche no que tengo a la otra dormida y fíjate tú qué trajín. Hoy mejor que no que los números pares no me gustan. El fin de semana tampoco, que está el equipo de guardia y seguro que el residente inexperto que ha venido presuntamente de empalme después de salir de fiesta me deja tetrapléjica poniéndome la epidural. Que el fin de semana los médicos son peores. Vaya, eso lo sabe todo el mundo y es tan cierto como que ver al maestro Joao disfrazado de puercoespín es lo mejor que te va a pasar en mucho tiempo.

En tu cabeza perversa tienes claro el día que quieres parir. Y eso, queridas amigas, es aproximadamente dos semanas antes de la fecha prevista de parto. Y, para lograrlo, decides caminar por tu pueblo periférico una media de dos horas al día sin importarte el sol que haga ni las manchas de abuela que puedan aparecer en tu piel. Comes marisco pese a que te sienta mal y te da diarrea (pero así limpias los intestinos y evitas cagarte en el parto y que lo vea tu marido, todo son ventajas). Y te pones a fregar el suelo de la cocina de rodillas a las 11 de la noche. Porque sí. Porque queda más limpio, porque eso te funcionó en tu primer embarazo y porque sientes unos calambres en el coquieso que ríete tú del satisfyer.

Al día siguiente te vas a la revisión ginecológica, te dicen que ya estás dilatada de 3 cm (en tu semana 38 de embarazo), que el parto es inminente y tú para celebrarlo organizas una sesión de fotos bucólica en el campo esa misma tarde porque está claro que mañana vas a parir y te has dado cuenta de que la foto más bonita que tienes de tu segundo embarazo es esta que te hizo tu hija de 4 años:

Y nos hacemos todos la sesión de fotos y luego nos vamos al parque a compensar a la niña a la que le has vendido que ibais a ir a hacer una cosa muy guay y divertida y ha estado 30 minutos sentada entre hierbajos secos que pinchan para que la fotógrafa captara lo felices que somos los tres y mi barriga al atardecer.

Obviando por completo mi avanzado estado de embarazo y que podría meterme por el pepe una mandarina y que se me cayera al suelo sin inmutarme, me pongo a jugar con mi primogénita. La subo en el columpio, la empujo, la bajo, nos escondemos y la siento en una especie de sillón metálico aparentemente inofensivo que resulta dar vueltas a una velocidad desproporcionada.

Y la niña se pone a llorar y yo no atino a parar el artefacto y me entra tal ataque de risa que me meo en las bragas. Y no hablamos de una pérdida de orina. Hablamos de la cantidad de orina retenida durante 3 horas de preparación y sesión de fotos liberada en su totalidad dejando en el suelo un charco del tamaño de Australia y sus incendios vistos falsamente desde el espacio.

Mi marido hipster, que ha presenciado la escena sentado desde un banco del parque, se me acerca con la cara desencajada y con un tres y cuatro tiene la bolsa del hospital colgada del brazo, convencido de que he roto aguas y que estamos de parto. ¿Estás de parto tú? Pues yo tampoco. Me había meado amigas. En público. Y no parí ese día, ni al día siguiente, ni al cabo de 5 días y llegué a la visita de la semana 39 con las mismas ganas de montarle un pollo a mi ginecóloga que esta señora espontánea a Esperanza Aguirre.

Ginecóloga con poco talento para adivinar el futuro: «Estás dilatada de 4 cm y tienes el cuello del útero muy blandito (pausa y sonrisa pícara). A ver, mucho más tiempo así no vas a estar… Pero no sé decirte cuándo vas a parir si esas es tu pregunta».

Sí, esa es mi pregunta. Mi pregunta es cuándo narices va a salir esta niña. Mi pregunta es cuándo van a hacer algo los gobiernos para limitar el uso del plástico y cuándo va a ser el momento de que vuelva Karmele Marchante a Sálvame.

Yo y toda mi desilusión nos vestimos y me despido de la ginecóloga hasta la próxima revisión. Y mientras camino por el pasillo del hospital noto una contracción ligeramente dolorosa. Y cuando estamos bajando por el ascensor otra. Y mi marido que ha sufrido ya 3 infartos y 2 anginas de pecho en los últimos 10 días me mira con el temor de que me ponga de parto en el coche volviendo a casa en plena operación salida del puente del viernes 7 de junio de 2019 y me pide encarecidamente que nos quedemos a comer en Barcelona. Que el Google Maps marca una hora y cuarto para llegar a nuestro pueblo periférico y que me invita a comer crêpes salados.

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Una crêpe con todo su queso fundido, sus champiñones, su jamón dulce y su aceite. Nos sentamos en el restaurante. Me pido una CocaCola con cafeína y azúcar porque me da igual todo y de postre me zampo otra crêpe con nutella mientras voy anotando en el móvil unas contracciones que resulta que tienen una regularidad de cada 5 minutos.

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Pero ahí estoy yo. De parto y comiendo. Porque cuando eres una chocha, queridas amigas, eres capaz de obviar que estás de parto con tal de pegarte un atracón. Porque sabes que en cuanto ingreses en el hospital no te van a dejar beber ni agua y tú no estás dispuesta a sacar a tu segunda descendiente de tu entrepierna con el estómago vacío.

Después de terminar de comer convences a tu marido para salir a pasear porque seguro que este episodio de contracciones se queda en nada. Y te pones a hacerle fotos a una planta que te ha gustado para tu futura casa con jardín mientras a tu marido le salen 327 canas en 5 minutos.

Hasta que te visualiza espatarrada, en trance y cantando el mantra que te enseñaron en la clase de yoga para embarazadas. Y, entonces sí, tu marido te mete en el coche y te lleva pitando para el hospital porque, efectivamente, estás de parto. Y tú entras en la sala de dilatación creyéndote igual de elegante que Miss Bélgica 2020 cayéndose en pleno desfile y ganando el certamen.

Te vienes tan arriba en esos momentos que, entra el anestesista, y le dices que te pinche una epidural «diluida». Que lo llevas bastante bien.  Pero a los 30 minutos empiezas a sentir de nuevo las contracciones. Le das como una loca al botón de emergencia que te han dejado para darte un chute extra de epidural por si te duele. Y maldices a tu marido y a todos sus antepasados. Y viene la ginecóloga, la llevadora y todo el séquito de enfermeras y les gritas que tienes ganas de cagar y de cagarte en toda la humanidad y en el anestesista que te ha puesto esta basura de epidural.

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 Ginecóloga con tono amistoso: «Está aquí ya. Vamos a empujar campeona».

Campeones es una película protagonizada por un conjunto de señores con discapacidad intelectual que se llevó muchos premios Goya. Pero este es otro tema. Tú quieres parir y que no te duela. Tú ya no quieres la epidural diluida, tú lo que quieres es que te pinchen la epidural más densa que haya en el mercado.

Ginecóloga con tono tajante: «No da tiempo. Empuja, empuja, empuja».

Y así es como di a luz a mi segunda hija. Con una epidural de chichinabo porque me vine arriba y me creí Isabel Pantoja en una prueba de Supervivientes.

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Y así es como decidí que no quería tener más hijos.

Palabra de chocha.

5 comments
  1. GENIAL COM SEMPRE VERO.
    TÚ VALES MUCHO CON LA PLUMA 🖌
    👏👏👏👏👏👏👏👏

  2. Muy divertido 😂

  3. Brutal… 😂😂😂😂

  4. Donc fe q vas menjar marisc 😅😅.. jejeje molt bo!!

  5. Como siempre, genial!!
    Tu nivel de chochismo me encanta. Te leo y te visualizo 🤣
    (Desde Jaén 😘).

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