Nueva era chochil

Amigas reinonas todas, tengo que deciros que el desgraciado robo de mi coche con cierre centralizado 100% seguro, elevalunas eléctrico, cámara trasera de aparcamiento y otros tantos avances tecnológicos de última generación, ha supuesto un cambio radical en mi vida. Un cambio tan revolucionario que yo creo que podemos hablar tranquilamente de una nueva era. Sí, lo mismo que cuando se estudia la vida de Van Gogh y se divide su biografía y su obra por etapas, o lo mismo que le sucedió a Palomo Linares cuando abandonó los ruedos para ser pintor y presentó su primera colección llamada muy originalmente «Piel de toro».

Una nueva era que los estudiosos en la materia marcarán en el calendario cuando los humanos del futuro estudien este nuestro blog para documentar el nacimiento de la especie Homo chochilus.

Imagino que en este punto de vuestra lectura entretenida y, después de este preámbulo variadito y no muy breve, os estaréis preguntando qué más ha podido pasar en mi vida estos días para que haya experimentado un cambio tan radical como los del mítico programa de Antena 3 que duró dos semanas y en el que un conjunto de chochas se paseaban con la cara hecha un cuadro y luego aparecían con bien de fundas dentales y bien de ventilador capilar para restregarle a sus maridos, cuñadas, suegras, vecinas y enemigas su renovado aspecto.

 

 

Lo que ha pasado queridas amigas y conocidas y bienaventuradas todas es que he cogido el autobús. Sí, el autobús, ese medio de transporte que une pueblos con ciudades al más puro estilo Paco Martínez Soria. Ahora lo utilizo cada día para ir a mi flamante nuevo trabajo y he de deciros queridas reinas de Papúa, que ese ancestral medio de transporte ha cambiado mi personalidad por completo. El cambio se ha producido por una acción, reacción o, mejor dicho, por la propia evolución del ser humano que se adapta para asegurar su supervivencia. En este caso, MI supervivencia.

En mi primer día de excursión autobusera llegué a la parada muy temprano, como 10 minutos antes de que pasara el autobús. Con mi outfit de transporte público con unas zapatillas deportivas como protagonistas, mi mochila de Chocha la Exploradora, mis auriculares para escuchar música y hasta un libro por estrenar. Quería aprovechar el viaje para hacer muchas cosas, cosas que cuando conduces tu propio coche no puedes hacer. Cosas que con una criatura de 2 años y medio tampoco puedes hacer en casa. Cosas como leer, escribir, escuchar música y mirar por la ventana e imaginar que tu vida es un videoclip de Carlos Baute, pintarte las uñas y ¿por qué no? limártelas también y hasta arrancarte algún padrastro o incluso construir una cabaña de jardín para que juegue tu retoño el fin de semana.

Mi lista de tareas interesantes para hacer durante los 25 minutos de trayecto se vio vilmente boicoteada cuando subí al artefacto y me tocó sentarme al lado de un adolescente corpulento con mucho sueño y poco sentido del equilibro. El chico debía tener algún problema con el famoso líquido de los oídos porque a cada movimiento del autobús se desestabilizaba de tal forma que acababa invadiendo mi espacio vital y el de los señores de los asientos de la fila de al lado. Un escándalo. Total, que después de ese abominable momento, como os podéis imaginar, decidí que nadie volvería jamás a ponerme la pierna encima para que no levante cabeza.

A partir ese día saqué la chocha alfa que hay en mí, empujando como si no hubiera un mañana para entrar la primera en el autobús, sentándome en el asiento del pasillo y colocando mi bolso tamaño iceberg como el que hundió el Titanic en el asiento de la ventanilla para que no se pueda sentar nadie. Una técnica antisocial infalible que culmino con un ay me están llamando, estoy tan despistada que no puedo ver que me estás pidiendo que me aparte para sentarte a mi lado o ay qué hambre tengo y me voy a poner a comer galletas María ruidosamente al estilo Belén Esteban.

 

Desde entonces viajo cómodamente con mi potorro bien sentado y estoy tan relajada que invierto mi tiempo de desplazamiento al trabajo en cosas tan interesantes como leer conversaciones ajenas de Whatssap. Sí. Es mucho más ligero que cargar con un libro para arriba y para abajo todo el día y tiene la misma dosis de entretenimiento, buenas historias, tramas amorosas, celos, envidias y dramas varios que una novela. Además, lo bueno que tiene leer Whatssaps ajenos es que cada día la novela es distinta. Una historia diferente a la que mi imaginación desbordante inventa el final que más me convenga. Y he de deciros que, detalles aparte, la humanidad es en general muy cotilla y criticona y lo que nos va de verdad es criticar a nuestros amigos y conocidos con otros amigos y conocidos.

Una verdad como un templo que me quedó clara clarísima el otro día en una barbacoa/paella que hicimos con unos amigos. Allí estábamos todos bien de vermut, bien de sol, bien de olivas, bien de vamos a hablar de cosas profundas como por ejemplo que en breve podremos vivir 200 años creando órganos artificiales con células madre nuestras, haciéndolos crecer en cerdos para después extirpárselos y trasplantárnoslos a nosotros cuando sea necesario. Pues fue en medio de esa interesante conversación cuando, precisamente, el Whatssap de la suegra de una amiga que le estaba mandando fotos de la boda real del príncipe Harry y Meghan Markle (fotos, por cierto, hechas a su tele) nos hizo poner TVE1 a todo volumen y disfrutar del paseíllo en carroza de los recién casados mientras todos discutíamos sobre si nos gustaba o no el vestido. Así estuvimos durante 40 minutos 🙂

Y por cierto, no, a mí no me gustó.

Palabra de chocha.

 

1 comment
  1. 😀

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *