Maridos enfermos

Queridas amigas, querida familia y queridísimos Piscis. La audiencia ha hablado. La audiencia ha decidido. Y esta semana lo que queréis leer aquí y ahora es un relato sobre maridos enfermos. Una crónica en primera persona y basada 100% en hechos reales que arrojará luz a una problemática social creciente e invisible. Algo de lo que no se habla. Algo que nadie reconoce. Algo que se sufre en silencio y que no existe Hemoal que lo solucione. Quizás tú no quieras reconocerlo pero la siguiente afirmación es una verdad como un templo. Una verdad aplastante, solo comparable al hecho irrefutable de que a tu madre le huele la ropa recién lavada mejor que a ti. Incluso usando el mismo detergente y suavizante no has conseguido igualar su aroma y eso te perturba y te atormenta.

Pero venga vamos a la afirmación que nos enrollamos. Todos los maridos, los maridos en general, los maridos por definición, son muy malos enfermos. Y esto es tan indiscutible como que Esperanza Gracia es un hombre travesti con peluca y lleno de bótox, que tiene un cuadro torcido en su comedor y una lamparilla de un color caqui de dudoso gusto.

Sí, amigas y conocidas.  Alguien tenía que decirlo. Y yo me he visto obligada a tratar este tema después de sufrir en mis carnes 4 intensos días de marido terriblemente enfermo. Y no, no estoy exagerando. Mi marido ha estado esta semana con ANGINAS.

Vaya por delante que mi cónyuge el hispter sexy NO tiene anginas. Se las extirparon cuando tenía 4 años, pero eso es un detalle sin importancia. Su cuerpo serrano ha ideado la sorprendente forma de crearle una infección en unas anginas inexistentes provocándole un episodio de fiebre, tos y un dolor de garganta sin precedentes.

Nadie y cuando digo nadie es NADIE ha sentido jamás lo que él ha experimentado estos días. Un calvario físico y psicológico que lo ha dejado como un trapo y al borde del derrumbe cual señora del Diario de Patricia.

Vamos a contextualizar el terrible suceso porque esto, queridas, es muy MUY serio.

Corría el año 2018. La penicilina se comercializaba como churros y la Amoxicilina era el must have de temporada. El mes de junio estaba terminando con unas temperaturas muy calurosas y unos índices de humedad similares a los del pelo de Tita Cervera y una servidora estaba sorteando tropezones de vómito en lo alto de un velero mientras transcurría el shooting que muy buenamente había organizado. Fue en ese preciso momento, concretamente entre la ola 48 y la 49, cuando mi flamante marido me envió la siguiente imagen por Whatssap. 

El rubio de ojos verdes estaba a 38 de fiebre y eso solo podía significar una cosa. Que durante las siguientes 4 horas y hasta que no llegara a casa iba a recibir unas 3 fotos de termómetro con temperaturas en ascenso, 2 fotos de cara triste, 1 foto de cara triste en el sofá, 2 notas de audio con toses incluidas y unos 7 mensajes de «ven que estoy muy malo».

Porque cuando un marido se enferma se para el mundo, señoras, y tú te conviertes en una especie de enfermera titulada barra médico doctorado en 7 especialidades barra secretaria barra madre de tu propio marido barra la única persona capaz de asegurar la supervivencia del susodicho.  Tu presencia se convierte en una necesidad básica. Tan básica y esencial como respirar o como ver a Massiel borracha removiendo un mantel mientras un señor gordo le espanta las moscas imaginarias que revolotean alrededor de su cabeza.

Total, el drama estaba servido.

En los próximos días el amigui con derecho a roce y papeles de matrimonio no fue al trabajo. Su temperatura corporal no bajaba de 38º y le dolía el cuello nivel no puedo tragar, no puedo comer, no puedo hablar, y mucho menos coger el teléfono y llamar al CAP para pedir hora y que me visite un médico. Vamos, que estaba viendo la luz y redactando su testamento. Así que, ¿quién creéis que llamó al ambulatorio para pedir hora?

Efectivamente fui yo. Pero el chocho estaba tan malísimo que me dijo que no se podía levantar del sofá, que se mareaba y que se estaba muriendo. Así que le tuve que mandar a casa a un médico de la mutua y 2 ambulancias.

Al cabo de 1 hora el señorito me llamó más estupendo que Isabel Presyler posando en el sofá de su casa con un traje de noche y guantes de cabaret.

El reconocimiento médico y el hecho de que el facultativo le asegurara que no se iba a morir por unas anginas le sirvieron para curarse en un 45% y para zamparse una tableta de chocolate Lindt casi por arte de magia y sin molestia alguna en el cuello y levantarse a coger el mando de la tele y poner el Mundial.

Pese a la euforia inicial, el chocho siguió con su drama, lo alargó hasta el infinito y la menda lerenda tuvo que estar por él los siguientes 4 días con dedicación exclusiva. Le compré el antibiótico, le programé alarmas en el móvil para que no se le olvidara la pastilla, me programé yo alarmas en el móvil para recordarle que no se le olvidara pastilla, permití que el huracán Katrina pasara por mi casa y acepté que su enfermedad no le dejara recoger ni siquiera los restos de comida del desagüe en claro proceso de secado y adhesión.

¿Y cuál es la conclusión? La conclusión de todo esto es que su tuviera que haber parido él a una criatura, si tuviera que haber dejado que un cráneo humano le saliera por uno de los orificios de su cuerpo, os aseguro queridas chochas que estaríamos todos más que extinguidos. Que el Grand Prix nunca habría existido, la mopa nunca se hubiera inventado y a Kiko Matamoros nunca se le habría caído un diente en directo. Imaginaos todo lo que nos hubiéramos perdido. Un drama total y absoluto.

P.D. Querido marido, te quiero.

Palabra de chocha.

 

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