Maravillas de la Teletienda

Hola queridos. Igual es momento de contaros que estoy en paro, un estado laboral que algunos jamás habréis experimentado pero que, para los que trabajamos en televisión, es el pan de cada día. Me suele pasar una vez al año y normalmente son dos o tres meses (siempre coincide con los meses de enero, febrero y marzo). Durante este tiempo de inactividad intento entretenerme haciendo cosas que no puedo hacer cuando trabajo: cocinar sopa, ir a buscar a mi cachorra a la guardería y recorrer los 15 parques que tiene el pueblo, crear un blog, ir a la peluquería, salir a caminar (que no a correr) cuál chocha, hacer cursos de Domestika y ver la Teletienda.

Sí amigos. La Teletienda es una maravilla. Comienzas a verla mientras te peleas con la roomba iRobot para que vuelva a la alfombra llena de bacilococos y deje de atascarse con las sillas (todo en plan risa, todo en plan qué cutre) pero cuando la roomba se ha quedado sin batería, tú estás sentada en el sofá viendo el anuncio del Abdomatic por tercera vez consecutiva sin pestañear y con el móvil en la mano a punto de marcar el teléfono y de sucumbir a sus elaboradas estrategias de marketing. Y, claro, cuando te quieres dar cuenta sucede esto:

En mi defensa diré que ese mármol blanco era lo puto más en los ochenta y que yo no he comprado todos estos artículos. De hecho, la mayoría los pide mi madre, pero como en la oferta siempre hay un irresistible 2×1 si llamas ahora, pues acabo con productos que en realidad no necesito como un cortador de pelos nasales que mi madre pidió para mi padre (y que se negó a utilizar). Silver Crest se llama. Y ahí lo tengo yo: por estrenar y pidiendo a gritos ser vendido en Wallapop. Pero yo me niego a hacerlo porque los tres meses de paro al año me han enseñado a buscar otras salidas profesionales, que el mundo de la tele está fatal , y como de momento no veo que ningún diseñador apueste por las modelos petite o de tamaño de bolsillo como los libros (que te digo una cosa, yo en la Edad Media hubiera sido un ángel de Victoria’s Secret), pues la opción de montar un museo de la Teletienda es la que se lleva todas las papeletas. En mi futuro museo habrá una pieza destacada: el Multi AB Power, una reliquia del chochismo firmada por Ana Obregón.

Anita Obregón prometía en el anuncio que solo con 5 minutos al día podías tener su cuerpazo y también un maromo con bien de mallas apretadas haciendo ejercicio en el salón de tu casa. Mi madre se lo compró por 7.990 pesetas. Sirvió para decorar la guardilla de nuestra casa y para que mis amigos y yo tuviéramos una adolescencia más feliz, pero lo que es para tener un cuerpo tonificado… como que no. Años más tarde vimos un invento mucho más revolucionario: el Abdomatic. Éste juraba dejarte el vientre plano de una vedette desde la comodidad de tu sofá. Lo probamos dos o tres veces. Pero…

 

Lo del Cellu Tone, otra mierda. Se supone que tendrías que experimentar casi un orgasmo mientras te lo restriegas por tus piernas y glúteos. Se supone que con unos minutitos al día te queda un cuerpo a lo Naomi Campbell. Se supone que los movimientos circulares drenan todos los mililitros de aceite de palma que te has metido entre pecho y espalda cada vez que te ha apetecido un dulce. SE SUPONE que hasta funciona con unos (siempre perturbadores y difíciles de llevar) pantalones blancos.

Pero, queridas amigas, esa máquina infernal te pega unos pellizcos que ya quisiera la protagonista de 50 sombras de Grey para sus pezones. Eso sí, te deja tales moratones que tu celulitis pasa desapercibida. Mira, igual no es tan malo.

Lo del láser casero Silk’n Glide me niego a comentarlo. 40.000 chiatazos de luz para quitarte hasta los pelos del ombligo sin salir de tu baño y sin tener que explicarle a ninguna esteticista que tus ingles son así por si Darwin necesita alguna prueba más para corroborar que el ser humano proviene del mono. 40.000 fraudes. Debí haberme dado cuenta de que, si todo el mundo contrataba los packs de depilación en Centros Único, era por algo. Pero nada, que no lo pensé y acabó con el Silk’n Glide hasta mi abuela, a quién, por cierto, también le compramos el cojín Dualuxe  para que no le doliera la espalda después de cuatro horas viendo Sálvame sentada en el sofá. Y mira, por lo menos sí que lo usó. Ella y el perro, que se quedó con el otro cojín que venía de regalo con el 2×1.

La oferta con estuche deluxe del dispositivo fototerapia DKF M015 Infinity también me cautivó. A ver, venía con una crema anti arrugas hecha a base de células madre y ADN, joder. ¿Cómo no iba a comprarlo? Yo me imaginaba mi vida como la de ésta señorita de mandíbula travolesca, con música de atmósfera chic, travellings temblorosos y mesitas de noche con bandejas de plata.

Un puto sueño con toallas corporativas y todo. Pero cuando me llegó a casa, abrí el estuche deluxe y me peleé con los 4 únicos botones que tiene el DKF M015 Infinity, mi sensación fue ésta:

 

Otra mierda, vamos. Me sentía que habían jugado una vez más con mis sentimientos. Me hallaba desencantada. Hubiera dejado de comprar compulsivamente productos beauty en la Teletienda hasta que descubrí el Wizzit Titanium, una depiladora de bigotes no apta para pieles sensibles que puedes usar en la privacidad de tu coche aparcado en la puerta del trabajo y que es útil hasta para que tu marido se quite los pelos de las orejas.

 

Pues sí queridos, funciona.

Palabra de chocha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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