La montaña y sus excursiones diabólicas

Queridas amigas y conocidas, me veo en la extrema obligación de escribir un post de alerta sobre la salud pública. Un post de prevención de accidentes, de educación socioambiental, de preservación del bienestar físico y mental. En definitiva, un post que vela por vuestras vidas y que tiene como objetivo protegeros y alertaros sobre uno de los grandes peligros mundiales a los que nos enfrentamos actualmente: la montaña.

Sí amigas, la montaña es extremadamente peligrosa y mucho más en este tiempo de caída de hojas y paisajes bucólicos que te invitan diabólicamente a visitarla con una cámara de fotos en mano y un outfit muy poco adecuado para el monte. Porque si alguien cree que puede ir a la montaña en vaqueros, con unas zapatillas deportivas cualquiera, con una chaqueta cualquiera e igual de maquillada y peinada que Ana Rosa Quintana haciendo footing con Pablo Iglesias mientras un grupo de señores con perros les observan, se equivoca.

Y ya os aviso que esto no es ningún pitorreo. El peligro es real y puede acabar con tu vida en un 3, 2, 1. Así que, si valoras lo más mínimo respirar, comer, dormir y vivir en general, sigue leyendo.

Lo primero a lo que debes mantenerte sensiblemente en alerta es a si tu marido se levanta un sábado a las 8 de la mañana con energía. Esto, señoras y señores, es motivo de preocupación. Sí. Aunque lo primero que haga sea ir a comprar el pan y hacerte el desayuno… Desconfía. Aunque lo segundo que haga sea poner una lavadora, desconfía. Aunque lo tercero que haga sea recoger toda la cocina, desconfía. Esa energía desbordante necesitará canalizarse de otro modo. A través de un objetivo muy concreto. Un plan trazado con alevosía, nocturnidad y probablemente con bastante anticipación:

Marido hipster con energía: «He pensado que podríamos ir a pasar el día a la montaña. ¿Qué te parece?»

La propuesta te pilla tumbada como una mártir en la cama, con legañas en los ojos y con el pijama lleno de migas de pan. Eso sí que no te lo esperabas, amiga. Tú que estás acostumbrada a proponer todos los planes, a insistir y rogar, a tirar de todo el mundo para hacer cualquier remota cosa que implique salir de casa. De repente te ves sin duchar y con una proposición de putivuelta campestre encima de la mesa. Tu ánimo verbenero se apodera de ti y aceptas sin pensártelo mínimamente una vez y sin calibrar lo que ese plan va a significar: una sacudida biológica trascendental nivel Sara Montiel removiéndose los pechos delante de Marujita Díaz en el plató de Salsa Rosa.

Con la ingenuidad por delante, te levantas, te duchas, te vistes muy poco apropiadamente para la ocasión, preparas una bolsa con bocadillos, fruta cortada, patatas de bolsa, quicos, galletas (cuatro cositas de nada por si nos entra algo de hambre) y le cuentas a tu hija una milonga de que vamos a ir a la montaña y de que va a ver ardillas, castañas, piñas, caracoles, un elefante con lentejuelas, dos monos y hasta Aramís Fuster vestida de dominatrix con un papagayo en la cabeza.

View this post on Instagram

Os gusta el modelito? Hecho con mis manos!! #chanel

A post shared by ARAMIS FUSTER (@soyaramisfuster) on

Con todas esas expectativas, la niña se sube contenta al coche, yo me subo contenta al coche con mi nevera llena de comida «por si las moscas» y el marido hipster se sube contento al coche porque es el único que sabe realmente dónde vamos y qué vamos a hacer.

Marido hipster con energía: «¿Preparadas? ¡Vamos a subir la Mola!»

La Mola, para los que no tengáis el placer de ser de la periferia, es una montaña del Vallés Occidental. Una elevación del terreno de 1.104 metros. Un chiste, un pedo, un paseo apto para niños, señoras y perros. Una excursión presentada al mundo como placentera y con una amplia variedad de caminos, dificultades y desniveles varios.

Por supuesto durante el camino en coche me estuve informando de cuál era la ruta más chochafriendly, que la cumbre asomaba en el horizonte y ya no parecía tan chiste.  El camino ganador fue «El camí dels monjos», un itinerario ideal para niños, según 27 portales consultados expertos en planes con cachorros. Así que, esto tenía que ser un camino de rosas para cualquier ser humano, Carmen Bazán en su versión post «El reto más gordo» incluida y con tatuaje.

Pero, NO.

Nada más salir del parking y tras superar la primera subidita…

Esto bienaventuradas compatriotas del chochismo no es un camino apto para niños. Esto, de hecho no se puede considerar un camino. Esto es un empinado terraplén lleno de rocas asesinas, un empedrado imposible de superar por mucho palo de senderismo del Decathlon que lleves.

El «camino» te hace replantearte seriamente el plan, te hace replantearte si vas a ser capaz de llegar a la cima, si estás poco en forma o chocha, por qué la gente invierte su domingo en sufrir semejante calvario, cómo suben el agua, las latas de cerveza y toda la materia prima al monasterio/restaurante que hay en lo alto de la montaña, cómo vas a conseguir tú subir hasta ahí, por qué la nueva Nocilla sin aceite de palma sabe igual que la que llevaba aceite de palma y hasta por qué Agatha Ruiz de la Prada firmó su divorcio en burka.

Pese a todos tus replanteamientos, te esfuerzas en superar el primer empedrado y cuando consigues llegar a un terreno más horizontalmente estable te tiras encima de la primera piedra a abanicarte con una hoja y te pones a pelar 8 uvas de las que has traído en tu nevera de emergencia porque tu cuerpo te pide algo de calorías healthy y la piel de la uva se te atraganta. Tu marido te mira con cara de «¿ya?» mientras tu extraes los peligrosos piñones del interior de las uvas ecológicas con reguero de zumo de uva recién exprimido cayendo por tus mangas incluido.

Real (pronunciado rial) chocha con dedos pegajosos: «No puedo más».

Tu frase sentenciadora llega aproximadamente a los 20 minutos de iniciar el camino, mientras decenas de domingueros, niños y señoras osteoporósicas te adelantan sin piedad. Tu marido intenta animarte y te dice que lo peor ya ha pasado. Y tú, que de conocimiento montañil -3, te lo crees, guardas el resto de las uvas que te quedaban por destripar y te pones en marcha.

A los 10 minutos de reanudar la marcha estás hiperventilada perdida y al borde del ictus. Entonces decides no fiarte de tu marido y preguntarle a dos chochas que bajan que cuánto queda. Las chochas te miran, se miran, se colocan el turbante deportivo que se han puesto para taparse las canas y te responden:

Chochas deportistas sin escrúpulos: «Nada, un poquito más de lo que has hecho hasta ahora»

Mienten. Mienten pero tú en ese momento ni te lo imaginas. Tú te has quedado con el «nada» y con los diminutivos y has visto la luz, pero mienten. La gente es malvada y despiadada y te miente en la montaña. Constantemente. Que si no queda nada, que si luego es plano, que si dentro de poco ya irás viendo el monasterio y en 10 minutos llegas, que si el paisaje es precioso, que si vale la pena, que si hay un atajo mucho más fácil, que si vas a hacienda mañana mismo te devuelven el IRPF de la deducción por maternidad, que si Karina no estaba borracha el día de la boda de su hija…

Mentira. Todo mentira. La gente lo que quiere es que tú pases por lo mismo que ellos. Porque ellos ya van de bajada, probablemente también les mintieron y quieren hacerte sufrir de la misma manera. Pero cuando te das cuenta estás a 30 minutos de la cima y ya por orgullo faraónico piensas llegar.

Por orgullo y porque en tu idílica nevera te has olvidado de meter lo más importante, agua, y necesitas llegar al monasterio/restaurante para comprar una garrafa de 8 litros.

Y por fin, llegas.

Llegas a 2 por hora, esto es así. Llegas y te tumbas en un suelo lleno de boñigas sin mirar atrás, esto también es así. Llegas y empiezas a masajearte las piernas porque tienes 23 rampas, mientras abres una lata de olivas y una bolsa de patatas y te las comes compulsivamente.

Con la delantera llena de migas besas ese mismo suelo lleno de boñigas y das gracias a los astros por seguir viva. Tú estás en un éxtasis cardio existencial importante hasta que llega tu marido, que ha cargado con tu hija de 15 quilos y la mochila del Decathlon de otros 3 quilos con parasol incluido sin rechistar, y te suelta con una sonrisa:

Marido hispter en forma: «Bueno, ahora toca bajar».

Bajar…

Tu mente se debate entre tirarle una piedra o llamar a la mutua para fingir un síncope y que te evacuen en helicóptero.

Finalmente decides amenazarle con el divorcio si te vuelve a proponer semejante excursión, además de prohibirle coger ni una sola de tus patatas.  Pero ni las patatas, ni las olivas, ni el bocadillo de lomo embuchado, ni las uvas que te quedaban, ni las 4 galletas Dinosaurio de premio consiguen recomponerte.

Mentalizada de que lo único que puedes hacer es bajar, iniciáis la marcha de nuevo, santiguándote para que el descenso sea más sencillo que la subida. Pero no lo es. Los empedrados empinados son casi más peligrosos de bajada y eso se traduce en dos resbalones, tres culetazos, un pantalón lleno de barro y una siesta de 3 horas en el sofá de tu casa.

La montaña…

#Nuncamás

Palabra de chocha.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *