La era del confinamiento

Queridas amigas confinadas, la hecatombe se cierne sobre todas nosotras. Hace tan solo dos semanas paseábamos nuestros cuerpos serranos por la calle,  nos íbamos a la peluquería, a echar la primitiva, a comprar al Mercadona cuatro cosas de nada y pasábamos por delante de la sección de papel higiénico sin ningún tipo de interés por adquirir ese producto. Llegaba el domingo y encargábamos un pollo al ast con tal de no cocinar. Llegaba el lunes y nos íbamos a trabajar despotricando de nuestra rutina y de nuestra vida en general. Llegaba otra vez el fin de semana y nos íbamos a El Corte Inglés, quedábamos con nuestras amigas chochas libremente para hacer el vermut y compartir una tapita de morro y otra de olivas rellenas, metiendo todas los dedos rechupeteados en el mismo recipiente sin temor a contraer virus alguno y nos atrevíamos a agarrarnos del brazo para darle énfasis a lo que estábamos diciendo. Sin guantes.  Sin mascarilla. Una vida plena y feliz. Pero todo eso se ha terminado, amigas.

 

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Lo dice Antonia Dell’Atte, yo me quedo en casa, yo no salgo a la calle. Y así es, queridas, una nueva era acaba de comenzar: la era del confinamiento. Y no va a ser cosa de 15 días, ni de un mes. Ya os podéis acostumbrar todas, amigas y conocidas, que mucho me temo que lo de encerrarse en casa por imposición va a ser el must have a partir de ahora. Hoy por el Coronavirus, mañana por la polución y en 30 años porque el agujero de la capa de ozono será tan grande que no podremos salir a la calle por temor a achicharrarnos la piel nivel Valentino.

Habrá que confinarse periódicamente hasta que construyamos unos búnkers subterráneos, con sus calles, sus parques, sus cafeterías y restaurantes, sus farmacias y peluquerías bajo tierra y volvamos a vivir todos felizmente en libertad pero sin aire fresco y sin volver a ver jamás la luz del día. Va en serio. Sé que todo esto os parece exagerado, pero más desorbitado fue este inicio de actuación de David Bisbal en la academia de Operación Triunfo y nadie dijo nunca nada.

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Así que, váyanse acostumbrando a los confinamientos y empiecen a calcular mejor sus compras de supervivencia antes de cada encierro. Que la compra que yo hice dos días antes de decretarse el estado de alarma en este país me ha durado a mí cuatro pipas, y eso que me hice con cinco paquetes, uno de ellos sin sal para no ponerme nerviosa. Pero encerrarse en casa es lo que tiene, que te da por comer, te da por comer pipas, galletas, donetes, estofados, zanahorias con hummus y magnums after dinner compulsivamente.

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No pasa nada. Terminar este confinamiento con obesidad mórbida no es lo que más me preocupa. Lo que más me inquieta es que Eurovisión 2020 haya sido cancelado y que nos volvamos todas locas. Porque no llevamos ni una semana de confinamiento y ya hemos perdido totalmente la cabeza. Que si challenge de ejercicios con papel de váter, que si maquillémonos y peinémonos para estar en casa como si fuéramos a competir en la gala Drag Queen de Las Palmas de Gran Canaria, que si salimos a aplaudir al balcón por todo como si fuera el gran entretenimiento, que si coches patrulla voceando que te pueden multar con hasta 600.000€ si te atreves a poner un pie ibérico en la calle por cualquier otra razón que no sea ir al Mercadona a comprar más pipas ataviada como este señor chocho.

Hace dos meses hubiéramos visto esta imagen y hubiéramos pensado que se trataba de una película de ciencia ficción. Pero es tan real como que ahora bajas al supermercado con mascarilla y guantes, en silencio, mirando con desconfianza a tu alrededor, caminando como si te persiguiera alguien, procurando mantener una distancia de seguridad de como mínimo tres metros con cualquier otro ser humano, bañándote en líquido desinfectante cada vez que coges un producto de la estantería y pagando con el móvil para no tener que tocar ni una roñosa moneda.

Y al llegar a casa nos quitamos los zapatos que se han paseado por el pavimento público infectado, nos lavamos las manos 37 veces y fregamos el suelo con lejía y Sanytol desinfectante. Todo junto, vaya a ser que el virus entre dentro de casa, que hemos leído que puede vivir posado en una barandilla cualquiera hasta tres días, y tú no estás dispuesta a correr ningún riesgo. Y vuelves a fregar con lejía y terminas con un colocón nivel Massiel borracha abrazando a un señor con peluquín rubio en «Tómbola».

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Y entonces abres la ventana para airearte y ves a dos chochas paseando tan pichis, a un chico tonificando su culo en bicicleta, a dos adolescentes fumando en un banco y, lo que más te indigna, a un perro corriendo detrás de un palo en un parque clausurado. Y no lo comprendes, no comprendes como toda esa gente está disfrutando de sus vacaciones de confinamiento mientras tú has contado ya todos los rodapiés de tu casa. No comprendes cómo en este país se vela más por el desahogo de un perro que por el de tu hija de 4 años que lleva dos días llorando porque quiere salir a una azotea comunitaria a la que se le prohíbe salir por decreto ley. Y mucho menos entiendes cómo se pueden parecer tanto Mila Ximénez y María Teresa Fernández de la Vega en su versión postoperada.

Y tú y las 150 canas que te han salido en cinco días de confinamiento os indignáis tanto que os ponéis a gritar por la ventana que se vayan todos a su puñetera casa y que si no lo hacen llamarás a la policía. Y luego te lamentas por no tener un confesionario en el que encerrarte para explicarle al Súper lo agobiada que estás y para meterles a todos 3 puntos en las nominaciones.

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Porque esto es lo más parecido a estar en Gran Hermano que viviremos jamás, queridas amigas y conocidas. Y ya sabéis lo que dicen, que en Gran Hermano todo se magnifica.

Pues prepárense.

Continuará.

Palabra de Chocha.

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