El Coronavirus y otras psicosis

Estimadas asiduas a los calcetines de media y a las zapatillas deportivas con cuña interna para parecer más altas. Saquen sus polares del Decathlon a relucir y sus mantas bufanderas, porque ya está aquí, ya se nota, ya se siente: el Coronavirus está presente.

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Lo sé. Sé que os gusta ver a Terelu con cualquiera de sus peinados periquito, que sabíais perfectamente que el virus iba a llegar a nuestro territorio ibérico y que estáis hasta el mismísimo moño folclórico del susodicho virus. Y lo siento en el alma, queridas, pero aquí también vamos a hablar del Coronavirus aunque, por supuesto, no en los mismo términos.

Porque sé perfectamente que ya te ha quedado claro cómo te tienes que lavar las manos (que no es tan difícil, las cosas como son). Que eres consciente de que no debes estornudar sin taparte la boca y sin llevar mínimo un salvaslip puesto en las bragas; que haría falta todo el Fairy de Villarriba y Villabajo para desinfectar los billetes y las monedas que pasan por tu monedero y por tu manos; que compartir cubiertos, vasos, copas, olivas rellenas y una tapa de calamares en salsa americana tampoco es una buena idea; que lo de viajar a la Toscana, a Japón, a China o al mundo en general hay que descartarlo; y que comerse una croqueta recién hecha es, definitivamente, un error, por mucha ansiedad que tengas.

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Pero todo eso, bienaventurada seguidora de este nuestro blog, ya lo sabes. Igual que sabes positivamente que nada de lo dicho anteriormente va a evitar que te contagies. Esto es así. Va a suceder. Lo vas a tener. Pero te digo una cosa, querida amiga o conocida: a ti no te tiene que preocupar contraer el renombrado Coronavirus, que al fin y al cabo es una gripe sin más, a ti lo que te tiene que preocupar es el futuro profesional de María Teresa Campos, la desaparición del lince ibérico y el aislamiento y cuarentena de 14 días que tendrás que pasar encerrada en tu casa con tu marido. Repito: con tu marido.

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ESE es el verdadero drama.

Porque si en el aislamiento estuvieras tú sola pues oye, ni tan mal. Podrías reorganizar los cajones de la cocina y clasificar las gomas de pollo por tamaños y resistencias; podrías engancharte a una novela turca mientras pasas la Dyson por los colchones; podrías depilarte las cejas, el bigote y esos pelos nasales que jamás te habían molestado pero que ahora, de puro aburrimiento, han empezado a perturbarte. Y podrías, incluso, recuperar esa gloriosa serie en la que Paz Padilla era una genia de la lámpara llamada ingeniosamente Ala-Dina y así poder gozar con todos sus capítulos y con sus impactantes efectos especiales.

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Pero no, en vez de disfrutar de 14 días de cuarentena y libertad doméstica en solitario, te verías obligada a compartir el confinamiento con tu adorado marido porque, una cosa está clara: si tú tienes el Coronavirus él tiene diez veces más Coronavirus que tú. Él siempre más. Él siempre peor. Por supuesto.

Sé que tú hubieras estado living con tu aislamiento, pero él no. Él va a estar agonizando, viendo la luz, paseándose por el purgatorio y llamándote cada dos minutos para que le des el termómetro, la manta, un vaso de agua y hasta el mando de la tele que tiene delante de sus narices mientras finge un vahído al más puro estilo Chelo García Cortés en Supervivientes.

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Y fue así, imaginando esa hipotética situación de clausura matrimonial en casa, cuando tuve miedo, terror, pavor del Coronavirus y cuando entendí el pánico social que se ha creado entorno a esta enfermedad de chichinabo. Queridas amigas y conocidas, no nos da miedo el virus sino convivir con una gripe nueva y novedosa y un marido enfermo durante dos semanas. Reconozcámoslo.

Tememos al marido, tememos al marido y a sus dramas, tememos al cambio climático, al libro que está escribiendo Leticia Sabater, a que estalle una nueva burbuja inmobiliaria y a que a Thalía se le vuelva a ocurrir subirse a los escenarios con un bikini de ukeleles. 

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Desde entonces, vivo enganchada al desinfectante azul del Mercadona y miro con odio e inquina a cualquier persona que tosa a mi alrededor. Una psicosis solo comparable a la que tengo contra los asquerosos bichos que habitan en mi lavabo.

Vaya por delante que yo soy una señora aseada, una señora de mi casa, una señora comprometida con la desinfección de mi hogar. Pero eso no me libra de los llamados graciosamente pececillos de plata. Unos bichos que viven sin permiso alguno en mi baño, que viven también en TU baño. Sí, amiga, no te engañes. Tú también los tienes, en tu casa, en tu hogar, entre las juntas de los azulejos, debajo de los muebles, en lo más profundo de tus armarios. Quizás no los has visto jamás porque se pasean con nocturnidad y alevosía por tus baldosas, pero están ahí y les gusta más la humedad de tu ducha que a Juan Miguel tirarse a una piscina.

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A mi me atormentan y me perturban tanto que he llegado a organizar redadas nocturnas para acabar con ellos. Sí. Me pongo el despertador para levantarme de madrugada y pillarlos de imprevisto.  Mi técnica infalible es acercarme al baño, encender la luz sorpresivamente y atacar a los dos o tres minúsculos bichos que me encuentro. Normalmente a uno consigo aplastarlo sin piedad, al más despistado. Pero los otros empiezan a correr, a huir, a esquivarme. Y yo termino tirándome al suelo con las dos zapatillas en la mano dispuesta a acabar con ellos y con el sueño reparador de mi marido al que acabo despertando con tanto ruido.

Marido hipster desvelado: «¿Pero qué haces?»

Chocha dispuesta a mantener la higiene de su hogar: «Matar a esos bichos».

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Él me mira como si yo hubiera perdido el juicio. Me mira como Mila Ximénez miraba a sus compañeros jóvenes y prietos de GHVIP mientras disfrutaban de una fiesta. Me mira y me resopla. Y yo vuelvo a la cama triunfante después de haber matado la friolera de dos bichos y preguntándome si las casas que enseña Bertín Osborne en su programa también sufrirán ese problema y si acabaremos todos con Coronavirus.

Lo haremos. Y nuestros matrimonios en cuarentena durarán menos que el enlace conyugal entre Alberto Isla y Techi. Menos que uno de esos bichos apresado por una chocha obsesionada por la limpieza.

Palabra de chocha. 

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