El Black Friday y otras desilusiones

Queridas amigas y conocidas que os debatís entre la dieta Pronokal, iniciarse en el yoga, cambiarse el color del pelo, divorciarse o hacerse un lipoláser. Sé que estos días estáis nerviosas y agitadas. Os habéis puesto un aviso en el calendario del móvil, del email, lo habéis escrito en un papel y lo habéis pegado en la nevera y hasta en el monedero. Sé que estos días son una cuenta atrás para vosotras y sé, también, que esta noche dormiréis con la tarjeta de crédito en la mano. Sí queridas seguidoras del chochismo, mañana es el día. Mañana es el Black Friday.

Sé que estáis muy ilusionadas y que habéis depositado muchas esperanzas en este día, que tenéis una lista interminable de cosas que queréis comprar, que os habéis propuesto, incluso, comprar todos los regalos de Navidad y ahorraros un buen pellizco para después reventaros el dinero en abrigos nuevos y novedosos, zapatos, circuitos de spa hasta que os baje la tensión y en un tratamiento antiarrugas con baba de caracol que pensáis restregaros por la cara, los hombros, la nuca y hasta por vuestro padre.

Pero bienaventuradas seguidoras de este nuestro blog, lamento deciros que ninguna de vuestras ensoñaciones se va a cumplir, que el Black Friday es una farsa, que no vais a encontrar ninguno de los artículos que queréis con descuento, que vais a acabar comprando tarde y caro como siempre, que la baba de caracol no hace otra cosa que pringaros la epidermis, que vuestros hijos no van a dormir nunca jamás solos en su cama, que no vais a conseguir subir ni un follower en IG por mucho hashtag que pongáis, que los spas marean y que la actuación de Belén Esteban y Alessandro Lequio como Bella y Bestia es, sin duda, de lo mejor que habéis visto. 

Y también lamento deciros que esta no es la única desilusión a la que os tendréis que enfrentar en vuestras vidas. Sí, porque la decoración de tu casa es una desilusión, intentar reciclar y eliminar de tu vida el plástico es una desilusión, la firmeza de tus pechos es una desilusión, tu pelo no sedoso es una desilusión, tu vida sexual post maternidad es una desilusión, ir al karaoke, no cantar todo lo que quieres, no encontrar la canción perfecta en una lista de 3.427 temas y que una vez salgas al escenario no te salga mínimamente como en tu casa es una desilusión, y no ver a Fernando Arrabal borracho de nuevo en televisión es una absoluta desilusión.

Pero sin duda alguna lo que genera más desilusión en este planeta Tierra es el deporte. Sí amigas. ¿Cuántas veces habéis intentado practicar algún deporte a lo largo de vuestras vidas y cuántas veces ha sido un fracaso total y absoluto? Todas, lo sé.  A mí también me ha pasado…

(efecto de sonido de flashback con purpurina y triángulo musical)

Corría el año 2004, Zapatero ganaba las elecciones generales, Felipe y Letizia se casaban, las ciudades de Oviedo y Torrevieja se acababan de hermanar, María Teresa Campos traicionaba a Telecinco e inauguraba nuevo programa en Antena 3 llamado muy originalmente «Cada Día» y que duraría dos campanadas y una compañía discográfica demandaba a María del Mar Seisdedos, alias Tamara, por usar ese nombre, dando lugar a la mayor disputa artística de la década:

Fue por aquel entonces cuando mi cuerpo serrano estaba siendo poseído por una pubertad cruel y con una ligera tendencia al hinchazón. Eso me hizo fijarme por primera vez en mi físico y decidir que debía practicar algún tipo de ejercicio.

Pasé por el aerobic, la natación, el quedar con los amigos para jugar a futbol, me apunté con mi madre al gimnasio, con mi hermana. Hasta que vi que mi nivel de paverío era extremadamente preocupante y que lo mejor era practicar deporte en silencio y discretamente en la privacidad de casa de mis padres.  Probé a correr dando vueltas al exterior de la casa. Hacía tres y me ponía hablar con mi madre de la cena, del instituto, de la regla y de la vida en general.

Luego probé el multi ab power de Ana Obregón, dos mancuernas de un kilo que tenía mi madre por el garaje y la mítica elíptica que habíamos comprado en La Tienda en Casa.  Un manoleo solo comparable al de Gloria Trevi haciendo ejercicio.

Me pasaba una hora en el garaje haciendo ejercicio y sudaba menos que una tarde cualquiera de verano. Por supuesto, a las dos semanas me cansé y decidí posponer mi relación con el deporte hasta que, aproximadamente terminara los exámenes, el instituto y la universidad en general.

(sonido de flashback otra vez pero menos intenso y voz de recuerdos entrañables)

Y nos situamos en 2013. Por aquel entonces trabajaba en una productora de televisión, con gente guay, en una zona guay de Barcelona, con un gimnasio guay al lado, de esos que tienen 35 clases dirigidas diferentes, piscina climatizada y hasta jacuzzi en los vestuarios, y con todo el tiempo del mundo para destinar a mi lugar de trabajo, sin maridos, novios, ni cachorras esperándome en casa. Vamos, despreocupada de la vida nivel Agatha Ruiz de la Prada de crucero.

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Nueve horas al día bombardeados con revistas de moda y tendencias nos bastaron para que varios compañeros y yo decidiéramos apuntarnos juntos al gym. Aquello fue fantasía. Íbamos al gimnasio a mediodía juntos y probamos varias clases dirigidas:

SPINNING: No me gustó. El volumen de la música no me permitía chochonear con mis compañeros, que era en realidad lo que había ido a hacer, y el sillín de la bicicleta me hizo plantearme seriamente si tenía un hueso en el coquieso y si lo había fisurado con tanto ejercicio.

BODY-STEP: Esto queridas amigas y conocidas tenía pinta seria de ser un chichinabo. Y para allí que fuimos. Bien de qué pocos somos, bien de risas, bien de música Caribe Mix, pero cuando la señora instructora nos hizo poner 3 steps, uno encima del otro, con mi 1,57 os aseguro que ya no hacía tanta risa. Dos semanas estuve con agujetas. Dos. Un drama nivel Ana Rosa Quintana ejerciendo de bailarina de Los del Río.

AQUA no se qué: No recuerdo muy bien el nombre, amigas y conocidas, pero os aseguro que NO era Aqua Gym. Tenía un nombre mucho más hispter y con pinta de trabajar y quemar calorías así que me fui con una compañera. Fue la clase más bochornosa de la historia: dos pre chochas metidas en una piscina en miniatura, aplaudiendo y salpicando en el agua como si tuviéramos algún tipo de problema mental. 

BODY COMBAT: Y, por fin, llegó nuestro favorito. Una combinación de aerobic y boxeo muy bizarra con música house techno que ríete tú de la del Sónar by Night a las 6 de la mañana, con bien de chochas y señores poco tonificados, con unas coreografías endiabladas imposibles de seguir e intentando matar moscas imaginarias con puñetazos al aire. Hacíamos tanto el ridículo todos y nos daba tanta risa que íbamos dos veces por semana. Hasta nos compramos guantes para parecer más profesionales. Lo nunca visto desde que Chenoa salió en chandal a confirmar su ruptura con David Bisbal.

Por supuesto duramos dos meses. Luego nos cansamos y nos desapuntamos del gimnasio. Pasé otra etapa de hibernación en términos deportivos hasta que me quedé soltera, me compré un vestido ajustado de lentejuelas muy discreto y decidí hacerme runner.

Y esto sí que me lo tomé en serio, señoras y señores. Salía a correr cada tarde después del trabajo por los caminos rurales de mi pueblo periférico. Conocí a un maromo hispter rubio muy interesante e incluso salíamos a correr juntos. Todo era perfecto, ideal, nivel Alaska, Karmele Marchante y Rappel compartieron plató rodeados de velas. 

Hasta que me quedé embarazada y lo más parecido a ejercicio que empecé a hacer fue atarme los cordones de los zapatos e intentar hacerme el masaje perianal yo solita.

Después vino el posparto, la lactancia, la maternidad en general, la conciliación familiar y laboral y ¿el deporte? Nunca más se supo. Una desilusión monumental nivel Black Friday, amigas.

Palabra de chocha.

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