Dramas veraniegos picantes

Existe una sensación muy desagradable y muy común estos días. Ese momento en el que, después de estar varios minutos sentada en la misma silla, una silla sin tapizar, una silla de bar, una silla metálica, una silla de madera normal y corriente, te levantas y ves que la has mojado. Que hay un pequeño círculo húmedo mirándote a los ojos porque a tu coquieso le ha dado por sudar con este calor infernal y el sudor ha calado tu tena lady, tus bragas, tu pantalón y ha llegado hasta la silla.

Esto, queridas amigas, es el verano. Pero antes de continuar con este drama y hablaros del tema que realmente nos ocupa hoy, dejadme que me tome el atrevimiento de promocionar algo a lo Raquel Sánchez Silva agradeciendo a Ana Rosa Quintana que le diera el pésame por la muerte de su marido Mario Biondo a través de su Sony Experia.

Después de semejante escándalo ibérico publicitario, no os importará que os diga que si os gusta el lifestyle chochil y no queréis perderos ninguna de las verdades como puños que aquí se describen, podéis suscribiros a este nuestro blog.  Solo tenéis que poner vuestro email y cada jueves recibiréis en vuestro correo electrónico la entrada nueva. Armar este dispositivo me ha costado 18 horas y 9 tutoriales latinos en Youtube. Así que, hagan el favor de ir arriba a la derecha o debajo del todo (si estáis leyendo esto con el móvil) y poner vuestro email, que es gratis.

Dicho esto vamos allá. Hablemos del verdadero drama chochil del verano: los insectos.

Hay una cosa que está muy clara. Esta primavera ha llovido más que el único día que tenías de vacaciones y quisiste ir a la playa, y eso ha provocado que haya un número desproporcionado de mosquitos, moscas, abejas, avispas y otras tantas cosas que vuelan y que no tengo palabras para describir.

Pero eso no es todo, queridas amigas y conocidas. Si adoptar un tic nervioso de palmada y aspavientos nada sexy no fuera suficiente, resulta que va y me caso con el chocho al que más le molestan los mosquitos en el mundo entero. Sí, mi marido.

Mi marido es un ser maravilloso, eso ya ha quedado claro en este blog, pero el chocho tiene un límite de paciencia hacia los mosquitos igual a menos 3. No puede verlos, no puede escucharlos, no puede vivir con ellos, no puede soportalos nivel encender TODAS las luces de la habitación a las 3 de la mañana porque «lo he oído, hay un mosquito en la habitación».

Yo le miro como María Navarro con la cabeza vendada, quisiera matarlo lentamente pero estoy tan cansada que no puedo hacer otra cosa que tumbarme boca arriba, cruzar los brazos en plan momia y observar al macho men de 1,83cm de altura pasearse por la habitación zapatilla en mano. Su ronda de reconocimiento incluye mover compulsivamente las sábanas, abrir y cerrar los cajones, subir y bajar de la cama 8 veces (de pie), acariciar la pared, mirar fijamente a la luz hasta quedarse ciego y enfadarse conmigo porque…

Marido chocho: «No me estás ayudando nada a matar el mosquito».

El mosquito se oye, el mosquito se siente, el mosquito está presente pero tiene una capacidad de esconderse mayor que la de Alejandro Albalá envuelto como un regalo para sorprender a Chabelita en Supervivientes.

Tu marido está montando un número nocturno a las 3 de la mañana, a ti te ha desvelado vilmente, pero decides que la vida es maravillosa y que no te vas a enfadar cuando el amigo te espeta que no le estás ayudando a localizar un diminuto ser que lo único que puede hacerle es picarle y que se rasque placenteramente durante varios días.

Haces el esfuerzo de recordar cada uno de los votos que pronunciaste el día que os casasteis y decides levantarte para intervenir en la caza y captura. Te pones a mirar centímetro a centímetro las cuatro paredes de tu habitación, lanzas palmadas al aire porque has confundido una mota de polvo con el diabólico ser y cuando escuchas que la niña está a punto de despertarse, de pedirte que quiere ir «a la camita grande» y de dormir los tres juntos como hamsters apelotonados, decides zanjar la polémica:

Real (pronunciado rial) chocha: «Aquí no hay ningún mosquito».

 

Esa es una de las frases que pueden iniciar la peor discusión conyugal de la historia de las relaciones. Una discusión que termina en una crisis matrimonial de tercer grado (que es el chungo) y con el protocolo luz activado. Esto es: nos tumbamos en la cama zapatilla en mano, apagamos la luz y cuando escuchemos algo encendemos la luz rápidamente y atacamos aplaudiendo al aire sin parar. Ese proceso lo repetimos aproximadamente 8 veces hasta que nos dormimos (zapatilla en mano, por supuesto) y rascándonos hasta los lóbulos de las orejas.

Y por si esto no fuera suficiente, bienaventuradas seguidoras del chochismo y de este nuestro blog, va y llegan unas abejas africanas o asiáticas (eso no es relevante) y deciden anidar en el hueco que hay entre la persiana y esa ventana que no abres nunca. Anidar nivel esto:

Que las abejas son necesarias está claro. Que si no hubiera abejas en el mundo llegaría la gran hecatombe, también. Pero cuando te las encuentras en TU casa, amiguis, tu simpatía hacia ellas cambia por completo y te pegas un susto igual de grande que si te hubiera explotado en tus manos la patata caliente del Grand Prix.

Una conmoción sin precedentes, un desasosiego absoluto. En tu cabeza se amontonan las ideas apocalípticas, tu biblioteca mental, de repente, encuentra todas las noticia telecinqueras sobre personas que murieron por el ataque de unas avispas y decides convocar un gabinete de crisis familiar para encontrar una solución.

El gabinete se desarrolla con nerviosismo, con la ventana detrás observando, las abejas o avispas observando, los allí presentes rascándose compulsivamente y espantándose cosas imaginarias de las orejas.  Y después de discutirnos y de retirarnos la palabra 7 veces y reconciliarnos otras 5 (lo normal en las conversaciones familiares, vaya) las posibles soluciones a las que llegamos son las siguientes:

                                            A) Llamar a la autoridad pertinente para que haga algo con ellas

                                            B) Exterminarlas nosotros mismos

Si en vuestra infancia visteis la película «Mi chica» (My girl) con el mítico Macaulay Culkin recordaréis lo peligroso que puede ser un ataque de avispas y aún debéis tener pesadillas con esa dramática caída de gafas al suelo.

Así que la cosa estaba clara: Sí, estoy utilizando indistintamente la palabra avispa y abeja durante esta entrada porque no tengo clara la diferencia. Y, sí, optamos por llamar a la autoridad pertinente para proteger nuestra integridad física.

La autoridad pertinente, por cierto, no era otra que un apicultor chocho que nos dije algo así como «ya vendré».  Y un ya vendré es no concretar. Un ya vendré es no decir nada. Un ya vendré no es una solución. Y si hay algo que caracteriza a una chocha es la impaciencia, así que… ¿qué hicimos?

Sí, exterminarlas nosotros mismos.

4 programas de Bricomanía fueron suficientes para idear una solución infalible: taladrar la ventana, introducir una pajita de color rosa de las niñas, esperar con alevosía y nocturnidad a que llegara la noche para que las avispas se durmieran y pulverizar a través de la pajita 380 botes de insecticida. Ni uno más, ni uno menos. Fueron necesarios 6 adultos chochos. La familia entera en pijama disparando chiatazos a través de una pajita. Ese era el panorama, sí señores.

¿Si las avispas nos atacaron? No. Pero estuvimos a punto de morir intoxicados con tanto insecticida. Y total, para, al día siguiente, pasarme la mañana barriendo 50 avispas muertas y observar como otras 300 entraban al panal a reconstruirlo mientras a mí me entraba una rabia nivel soy un travesti y me han quitado mi peluca.

Palabra de chocha.

 

 

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