Dos chochos en el Mad Cool

Chochas, chochos, amigos y amigas todas. Antes de profundizar en la temática de esta semana quiero pedir un minuto de silencio. 60 segundos de mutismo para agradecerles a todo los dioses que mi marido y yo hayamos sobrevivido al Mad Cool 2018. Porque, si habéis estado atentos a la prensa y al telediario los últimos días, sabréis que el festival indie hipster madrileño resultó ser un desastre total. Un desastre nivel Azúcar Moreno huyendo indignadas del escenario de Eurovisión 1990 porque no sabían cuándo tenían que empezar a cantar.

Inaugurar la gala de Eurovisión, darte media vuelta y pirarte del escenario entre aspavientos y dejar al guitarrista fingiendo un playback marchoso mientras el resto de la banda se ha quedado paralizada es un bochorno solo comparable al que vivimos el rubio hipster y yo el pasado fin de semana en el festival Mad Cool.  Una escapada que habíamos organizado hacía varios meses y en la que teníamos puestas muchas esperanzas.

Por primera vez desde que el milagro de la vida llamó a nuestra puerta podíamos asistir a un festival de música. El cartel del Mad Cool era impresionante, habíamos colocado a la niña con los abuelos, nos habíamos venido arriba y nos habíamos comprado el abono completo. Sí… La idea de pasar cuatro días de fiesta, música en directo y cerveza nos había parecido igual de genial que le debió parecer a Lauren Postigo casarse por el rito zulú y que lo viera todo el mundo.

El plan estaba claro. Queríamos sentirnos jóvenes. Sentirnos festivaleros como cuando empezamos a salir y paseamos nuestro amor y pasión por el BBK, el Primavera Sound, el Sónar y tantos otros eventos musicales. Recordad que nos habíamos comprado el abono completo. COMPLETO. Tres días de festival. TRES.

Efectivamente, nuestro plan parecía un chiste de Lepe, pero nosotros todavía no lo sabíamos. Con toda nuestra ilusión, allí que nos plantamos en Madrid a las 4 de la tarde (2 horas antes de que abriera sus puertas el festival). Nos fuimos directos al hotel de 4 estrellas que habíamos reservado con todo lujo de comodidades. Porque una cosa os voy a decir: ingenuos somos pero tontos no y sabíamos que nuestras lumbares agradecerían una cama king size 2×2 después de 8 horas de pie disfrutando de los conciertos.

Nos pusimos el look más hispter que encontramos en nuestra maleta y salimos a la calle. Y aquí viene el primer síntoma de que ese festival iba a ser diferente y de que nosotros estábamos pretéritos total para asistir a semejante evento:

Real chocha: «¿Vamos en metro? Hay 4 paradas solo»

Marido chocho: Ni hablar. Cogemos un taxi.

Un taxi es de señores mayores. Un taxi es de chochos. Pero, gracias a que llegamos en taxi, nos evitamos las 2 horas de cola al sol que hicieron los real (pronunciado rial) modernos que fueron al festival en metro. Ellos todavía aguardaban atrapados detrás de las vallas y nosotros eran las 18:30 y ya estábamos dentro. Mi cónyuge ya me había hecho las 75 fotos de rigor en el acceso, en el cartel, en las food trucks y en la noria. Nos habíamos pedido dos cervezas y estábamos en octava fila en el concierto de Fleet Foxes. Vamos a ilustrar con un GIF cómo nos sentíamos nosotros en ese momento:

via GIPHY

Y ahora vamos a ilustrar con otro GIF cómo nos sentíamos nosotros después de 5 minutos de concierto:

Así es, amigas y conocidas. A los 5 minutos ya estábamos hasta el pepe del sol, del calor de Madrid, del césped artificial inflamable del suelo, de las cervezas Mahou (¡por Dios!) y hasta de los Fleet Foxes, de quienes nos habíamos creído súper fans con la emoción del momento pero que en realidad no nos gustaban nada.

Decidimos en ese mismo instante que lo más interesante que nos podía ofrecer el festival era observar a sus asistentes, y una pareja hippie captó de seguida nuestra atención. Los dos se habían pintado líneas trivales con purpurina en la cara y no paraban de retozarse y besarse. A su lado aguardaba otro chico. Al parecer era amigo del novio en cuestión pero la hippie estaba tan desatada que había decidido abrazarle a él también mientras el novio resoplaba y nosotros los mirábamos muy poco discretamente.

A nuestro alrededor había mucho moderno alternativo y nosotros teníamos la misma pinta que María José Cantudo y su amiga chocha la agente inmobiliario intentando vender el ático de la artista en un vídeo de Youtube.

Nuestra escasez de alternativismo lo arreglamos al día siguiente yéndonos a Malasaña y comprándonos unos trapitos de segunda mando. Y allí que aparecimos en la segunda jornada del Mad Cool igual de discretos que la Pelopony en cualquiera de sus videoclips.

La pinta de modernos ya la teníamos pero ahora había que solucionar otro pequeño problema. Porque amigas chochas, tengo una pregunta muy importante que haceros:

¿Cuánto tiempo aguantáis sin orinar?

Sí, queridas, esa es exactamente la cuestión. Cuando tu vejiga está acostumbrada a vaciarse cada dos horas como máximo y a soltar de vez en cuando una pérdida de orina, explicadme vosotras cómo narices se supone que tienes que aguantar sin mear una hora y media de espera para el concierto de Arctic Monkeys más una hora y media más de show con medio litro de cerveza en tu cuerpo. Que os digo yo otra cosa, los policleans de los festivales son una basura, no tienen papel de váter extra fino y sedoso, la altura del inodoro es para señoras con gigantismo y te acabas salpicando tu falda nueva porque no llegas y se ha salido todo el pipi fuera. Por no hablar de los 30 minutos de cola que tienes que hacer.

Una odisea que cuando has esperado 6 años para ver en directo a Arctic Monkeys y tienes un buen sitio no estás dispuesta a soportar. Y como este es un blog ante todo de lifestyle, de real life y de cosas útiles de la vida ahí va un consejo chochil:

Vé con falda, guarda tu vaso vacío y, en la mejor canción, esa que tiene a todo el mundo entregado y con los ojos pegados al videowall porque allí no hay Dios quien vea a los Arctic Monkeys, ladea tus bragas, méate en el vaso y tira tu líquido dorado discretamente en el césped artificial inflamable y compórtate igual de digna que Antonia Dell’Atte con extensiones. 

Esto, amigas, se me pasó a mí por la cabeza. Pero la amenaza de mi marido de divorciarse esa misma noche me hizo abortar misión y sufrir varias ligeras pérdidas de orina: una con cada saltito y aplauso.

El rubio de ojos verdes no sabía dónde meterse y, mucho menos, cuando decidí que era mucho más interesante increpar a un segurata drogado que la estaba emprendiendo a golpes con un guiri indefenso que disfrutar del concierto de Kasabian. Porque si hay algo que tiene una chocha es que no puede callarse y que tiene que saltar ante cualquier injusticia. Y allí estaba yo y otra chocha gritándole «sinvergüenza» al agente de seguridad en cuestión en mitad del concierto, sintiéndome como Ruiz Mateos vestido de Superman, mientras mi marido temía por mi vida y me arrastraba hasta la otra punta de la pista.

Y así cerramos la edición del Mad Cool 2018. Huyendo despavoridos, más cansados que si hubiéramos caminado 7 etapas del camino de Santiago, tirándonos en plancha para coger un taxi a las 4 de la mañana y sintiéndonos que ya estamos muy chochos para festivales de música.

Palabra de chocha.

 

1 comment
  1. 😂😆

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