Diario de un confinamiento

Queridas amigas confinadas, han pasado ya 35 días desde que nos encerramos todas en el calor de nuestros hogares. 35 días con sus amaneceres y atardeceres, con sus desayunos, comidas, meriendas y cenas correspondientes por preparar y con sus respectivas 24 horas. 24 horas que multiplicadas por los 35 días que llevamos confinadas hacen un total de 840 diabólicas horas maratonianas que nos hemos visto obligadas a rellenar con un sinfín de actividades ociosas para no perder la cabeza y acabar como Sonia Monroy haciendo taichi, aerobic, ballet y luego acariciando un sillón.

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Hemos cocinado. Lo hemos hecho por placer, por entretenernos, motivadas, ilusionadas, convirtiendo los fogones en el gran plan del día, en una actividad casi terapéutica que nos llenaba las horas tontas de la tarde. Y estuvo bien hacer esa tarta y los rosquillos de anís y el pan de pueblo integral y las albóndigas y las croquetas caseras. Estuvo bien. Hasta que tuvimos que pelearnos con otra chocha en el Mercadona para adquirir el primer y último paquete de harina de la estantería. Hasta que la acidez llamó a nuestra puerta de madrugada y sin agua con gas ni manzanilla que la calmara. Hasta que nuestros maridos nos rogaron de rodillas y con lágrimas en los ojos que por favor no hiciéramos las octavas natillas. Y hasta que nos vimos atrapadas en un bucle infinito de cocinar, recoger, cocinar, recoger que, no sé a vosotras, pero a mí me ha provocado una desilusión solo comparable a la que debió sentir Víctor Sandoval en este momento de su vida.

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Hemos hecho deporte. O lo hemos intentado (con dudosa regularidad, todo hay que decirlo). Hemos hecho deporte con los directos de IG del gimnasio al que nunca íbamos, con el vídeo tutorial de yoga para niños que nos ha durado cinco minutos, con la bici estática recuperada del trastero y con la limpieza general desinfectante del piso. Y tú en tu cabeza te ves fit. Te pones el chandal,  los electrodos que adquiriste en La Tienda en Casa hace 8 años, coges el Sanytol, pasas la fregona compulsivamente 3 veces al día y sonríes satisfecha porque crees que tus aros del iWatch van a explotar de tanta actividad. Y cuando ya te han dado cinco pellizcos en la barriga los peligrosos electrodos y ves que solo has perdido 47 calorías en todo el día recuerdas el medio paquete de galletas Príncipe que te has reventado después de comer porque te apetecía un dulce y entonces te sientes igual de frustrada que Anabel Pantoja intentando hacer zumba o lo que quiera que intenta hacer con esos espasmos.

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Hemos hecho de peluqueras. Nos hemos comprado un set de tijeras profesionales en Amazon, hemos abierto la puerta al mensajero con mascarilla, guantes y las gafas de buceo y hemos abandonado el paquete en la entrada durante 72 horas, vaya ser que tuviera algún virus…

Al cabo de tres días lo hemos abierto, lo hemos desinfectado con alcohol y hemos convencido al marido hipster para cortarle el pelo con un resultado bastante satisfactorio. Y te has venido arriba y le has cortado el pelo a la niña, a la bebé, al perro que no tienes y hasta a ti misma al más puro estilo Mónica Hoyos cortándose las puntas en Supervivientes.

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Hemos pintado mandalas, hemos tejido 4 bufandas, hemos organizado las fotos de toda nuestra vida por carpetas, hemos escrito un libro, hemos aprendido a tocar el arpa, hemos construido un arpa con nuestras propias manos y un vídeotutorial de Youtube, hemos ordenado los armarios, hemos desenfundado el sofá y lo hemos lavado, de hecho hemos lavado todo lo que se podía lavar, incluso el felpudo de la entrada, hemos redecorado el salón, hemos aprendido un idioma y todos sus dialectos, hemos meditado y hemos elaborado un Excel con los 20 proyectos profesionales que podemos emprender una vez termine el confinamiento. Todo eso hemos hecho, sí señoras. No, señoras. No hemos hecho nada de todo eso.

Lo máximo a lo que podemos aspirar estos días es a pasar la Dyson. Compulsivamente. Porque hay que ver lo que se ensucia el suelo estos días, amigas. Y eso que andamos todo el día descalzos y no hay posibilidad alguna de traer ni una piedra del exterior. No se entiende, lo sé, pero ahí están: migas por todas partes, pelusas por todas partes, purpurinas por todas partes, Raquel Mosquera haciendo labores del hogar por todas partes. 

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Así que, admirad ahora a Belén Esteban en Gran Hermano VIP y a Ismael, Sabrina, Javito, Pedro el pastor, Fresita, Juanjo, Pepe, Naiala, Judith, Iván, Ángel, Laura Campos, Pepe Flores, Susana, Paula, Sofía o Bea. Nombres corrientes de personas corrientes que igual no os sonarán ni recordaréis, pero que ganaron sus correspondientes ediciones de Gran Germano tras pasarse 3 meses enteros encerrados en una casa con escasa ventilación y con un pequeño patio que siempre terminaban llenando de vacas, cabras, ovejas o burros con sus respectivos excrementos solo por el placer de que la audiencia viera como uno de esos animales terminaba atacándote.

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Admiradlos y reíos ahora de vuestros 35 días de confinamiento en la comodidad de vuestra casa, con vuestro Netflix, vuestras videollamadas chochas con amigas, vuestra barra libre de picoteo y, sobre todo, con vuestra familia. Que nos quejamos de vicio, queridas amigas y conocidas… ¿O se os ocurre algo mejor que pasar 35 días enteros con vuestros maridos y vuestros hijos sin otro plan posible que estar con ellos todo el santo día?

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Efectivamente, el fin del mundo ha llegado. Y no lo digo por el coronavirus, lo digo porque encerrarnos en casa con nuestros maridos y nuestros hijos, repito con nuestros MARIDOS y nuestros hijos, sin posibilidad de airearnos, sin posibilidad de despotricar con tus amigos porque lo tienes que hacer en una videollamada y tu marido está en la habitación de al lado y, obviamente, va a escucharte, va a terminar con todas nosotras. Y con nuestros matrimonios. Eso es así. En mi casa y en la tuya hay más tensión que en el glorioso reality de La casa de tu vida y estamos todos más encendidos, tensos y a la defensiva que Juanma y David discutiendo primero bajo una sábana rosa y después en calzoncillos con otro señor en calzoncillos.

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Y llegará septiembre y estaremos gordas y divorciadas y entraremos en un chiringuito con aforo limitado para tomarnos nuestro primer y último mojito del verano con mascarilla y nos dispondremos a hacer una putivuelta a ver qué se cuece y lo que se cocerá serán otros seres divorciados, gordos y perturbados. Perturbados nivel este vídeo vintage de Kiko Rivera  de fiesta arrimándose a dos señoritas con flequillo y mechas años 2000.

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Un panorama desolador, lo sé. Y pensar que todavía nos quedan por lo menos otros 35 días de confinamiento…

Continuará.

Palabra de chocha.

1 comment
  1. Jajajjajaa no he arribat a fer pizza de coliflor… desesperada

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