Cuando viajas y eres una chocha

Amigas y conocidas avispadas seguidoras todas del chochismo. Supongo que a estas alturas ya os habréis dado cuenta. Sí, llegada a una cierta edad tienes más pelos en el bigote que firmeza en tus pechos, pero este no es el tema ahora. Sé que habéis notado que este nuestro blog no goza de mucha regularidad últimamente y que la semana pasada no hubo post. No avisé, no dije nada y me quedé tan pancha.

Vuestras mentes perversas quizás estén pensando que me está sucediendo igual que a muchas otras celebridades ibéricas, que de pronto se les encapricha iniciar una nueva aventura profesional con menos recorrido que la carrera musical de Jesulín de Ubrique. Sí, como cuando Tita Cervera quiso ser pintora, Chabelita bloguera de moda o como cuando Ana Obregón y Ramón García decidieron montar un dúo musical y sacar un disco llamado «Pienso en ti», compuesto por 5 canciones y 3 remixes en el que se incluía, por supuesto, el hit «¿Qué apostamos?»

Maravilloso pero no. Si la semana pasada no hubo post es porque una servidora real chocha estaba de vacaciones. ¿De vacaciones en octubre? Sí, en octubre. Porque cuando eres una chocha lo de viajar en agosto se te hace cuesta arriba y los mandamientos del imserso te han enseñado que en otoño e invierno es cuando se encuentran las mejores ofertas.

Total, que la semana pasada estuve visitando Irlanda, un país de piedras, acantilados, ovejas en libertad y vientos huracanados con lluvia. Todo muy apetecible. Pero tranquilas, no os voy a aburrir con fotos de paisajes ni anécdotas culturales, que este no es el objetivo de este nuestro blog. Lo que os quiero contar hoy, aquí y ahora es que el viajar siendo una chocha se torna diferente y que existen 3 puntos que así lo demuestran. 3 verdades aplastantes, 3 realidades, 3 obsesiones tan perturbadoras como la cara que lució Montserrat Caballé en el anuncio de la lotería de Navidad allá por 2013.

1. LA COMIDA

Lo primero y más esencial cuando viajas y eres una chocha es asegurarte de que tus necesidades básicas van a estar cubiertas lejos de la protección y calor de tu hogar. Y cuando digo necesidades básicas me refiero única y exclusivamente a la comida. Te preocupa qué vas a comer en tu destino por poco exótico que sea y, sobretodo te preocupa si vas a comer.

Tu mente cree que vas a sufrir una desnutrición severa durante tus vacaciones y que literalmente vas a morirte y tus mecanismos de supervivencia te hacen comprar medio quilo de lomo embuchado, dos longanizas y 400 gramos de jamón ibérico. Todo, por supuesto, envasado al vacío en blísters de unos 100 gramos cada uno que guardas en la maleta de 28 kilos que piensas facturar. Tu equipaje tiene más ibéricos que ropa y eso te produce un subidón solo comparable al del maestro Llongueras viendo sus creaciones capilares en modelos.

Por si todo este arsenal de embutidos no fuera ya a garantizar tu supervivencia para los próximos 5 meses, tu cuerpo se empeña en atiborrarse en el bufet libre del hotel todas las mañanas.

Bienaventuradas amigas, los bufets libres de los hoteles son más peligrosos que el bolso de Margarita Seisdedos, madre de Tamara, luego Ambar y ahora Yurena. La variedad de bollos, pastas, fruta recién cortada, embutido, cereales, panes de todos los colores y tamaños, monodosis de mermelada, Philadephia, Nutella y mantequilla te llaman a gritos. Y a ti no te queda más remedio que hacerte un primero, segundo y postre a las ocho de la mañana con las mismas ansias como si estuvieras en Supervivientes y no hubieras comido en 3 semanas, cuando en tu casa te tomas un café con una galleta y sales por la puerta.

Tu vida corre peligro, tú lo sabes y por eso decides, además, coger algo para media mañana. Porque no olvidemos que el bufet libre lo has pagado y tu experiencia haciendo excels para ahorrar te empuja a prepararte un almuerzo que cumpla con todos los requisitos de la pirámide alimenticia y las recomendaciones de la OMS sobre comer 5 piezas de fruta al día; envolverlo con 18 servilletas y guardarlo en el bolso mientras miras compulsivamente hacia todos lados como si estuvieras escondiendo droga y estuvieran a punto de detenerte por ello. Todo eso mientras tu marido intenta apagar el fuego que se ha iniciado en la tostadora que da vueltas porque tú has metido un cruasán al que has rellenado con nocilla por una ranura en la que solo cabe una tostada y que sorprendentemente ha quedado atascado provocando un incendio sin precedentes.

2. LA COMODIDAD

Después de semejante atracón, lo de ir a caminar 7 km para explorar tu nuevo destino como que no. ¿Qué hace una chocha en estos casos? Comprar el bono del bus turístico para hacer la ruta apoltronada en una cómoda butaca, con calefacción, hilo musical, audio guía explicativa. Algo que te permita descansar y hacerte una cabezadita de vez en cuando.

Sí amigas, el bus turístico es tan ideal que el 80% de los pasajeros están durmiendo durante el trayecto, anestesiados por el relajante vaivén del autobús y por la titánica digestión que está realizando su estómago. Esto es así y no pasa nada. Las explicaciones de la audio guía se guardan en tu subconsciente. Tanto que si algún día entras en coma y te despiertas, acabas recitando la historia entera de la construcción de la Christ Church de Dublín.

3. LAS FOTOS

Lo único que como chocha no te acaba de convencer del bus turístico es el tema de las fotos. Porque si hay algo que le gusta a una chocha son las fotos y prueba de ello es este vídeo de María Jiménez.

A ti el viaje, los monumentos y sus cosas en realidad te importan un pito. Tú lo que quieres son fotos nuevas para renovar la imagen de perfil de tus redes sociales, alardear de vacaciones entre tus conocidos y tener imágenes para nutrir los álbumes familiares que nunca tienes tiempo de hacer. Fotos, fotos y fotos. Cuesten lo que cuesten. Como si tienes que echar a la gente del montón de piedras de la Calzada del Gigante de Irlanda del Norte en el que se te ha encaprichado un retrato. Como si tienes que empujar «accidentalmente» a una señora para que salga de plano, discutirte con otra porque lleva demasiado tiempo en el punto en el que tú quieres salir o como si tu sesión de fotos te cuesta una crisis matrimonial.

Palabra de Chocha. 

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