Crónica de unas Navidades chochas

Bienaventuradas amigas y seguidoras del chochismo. Me complace informaros de que en 2019 vuelven las buenas costumbres: las dietas milagro, los conflictos vecinales con el viejo chocho que me acusa de haberle rallado el coche y me exige hacer un parte, las limpiezas generales del hogar, Kiko Rivera entrando en un reality de Telecinco con una gorra que por cierto tiene mi marido hipster y la cual ya se ha encargado de tirar al contenedor de la humana y sí amigas, este nuestro blog.

Hacía tiempo que no me ponía a escribir verdades como puños en esta página web de escaso y dudoso diseño gráfico pero, queridas amigas, querida familia, queridísimos Piscis, la vida es dura. Contemplar tu próximo recibo mensual de la tarjeta de crédito, ese en el que han entrado las compras del Black Friday y todos los regalos de Navidad, es duro; encapricharte muy fuerte del turrón Suchard pese a que jamás lo has comido y movilizar a toda tu familia un 31 de diciembre por la tarde (con la de gente que hay) hasta el supermercado de confianza de El Corte Inglés situado a 25 minutos en coche de tu pueblo periférico y solo encontrar tres tabletas del ansiado turrón en la estantería y tenerte que pelear con dos señoras para llevártelas todas, es duro.

Pero que tu hermana se case un 28 de diciembre, te avise con dos meses de antelación, te propongas ir sencilla porque no es un bodorrio y te presentes con un vestido de encaje muy poco discreto, moño Hollywoodiense y abrigo de pelos un viernes cualquiera a las 12 del mediodía en el ayuntamiento de tu pueblo mientras tus mundanales vecinos van a comprar el pan en chándal y te observan como si fueras Yurena en cualquiera de sus videoclips, es muy duro amigas.

Así que ya me perdonaréis por abandonar este diario chocho durante tanto tiempo, pero es que he estado muy ocupada. Para empezar he tenido vacaciones de Navidad, que eso es algo que tienes cuando eres una real (pronunciado rial) chocha. Unas vacaciones de Navidad muy ocupadas, por cierto. Teníamos un planning muy bien organizado para distraer a nuestra cachorra en su ausencia de colegio y disciplina. Íbamos a ir al Aquarium a ver peces, a visitar un Belén viviente, a ver luces de Navidad, a la fábrica de regalos de los Reyes Magos que montan en la siempre hipster Fábrica Damm de Barcelona, a la montaña a pasar varios días de desconexión con unos amigos, a cenar a casa de Isabel Preysler para comernos su perfecta torre de bombones Ferrero Rocher, al cine a ver el Grinch, Mary Poppins o cualquier cosa que se nos pusiera por delante con un bol XL de palomitas.

¿Y qué hicimos estas Navidades? Absolutamente nada de eso. Porque si hay algo que tienen unas verdaderas vacaciones chochiles es precisamente eso. Nada.

Esa es Esperanza Gracia con su lista de tareas, pero aquí presentes mi marido el rubio y yo también hemos tirado por la ventana 10 días de nuestra vida. 10 días en los que podríamos haber hecho muchísimas cosas. Podríamos haber ido a las Seychelles a darle la bienvenida al 2019 con un cóctel frutal y volver con un bronceado tirando a dorado. Podríamos haber hecho ejercicio, galletas caseras con forma de árbol de Navidad. Podríamos haber aprendido a coser en un curso intensivo y haber llenado de bufandas a toda la familia y no habernos arruinado en Amazon. Podríamos incluso haber visto uno de los tutoriales de Bertín Osborne y haber aprendido a planchar una camisa con cinturón de cowboy.

Pero no. Hemos preferido encerrarnos en casa durante 10 días. Hemos preferido comer, dormir, consentir a nuestra hija, acudir a un cumpleaños infantil y ver como tu marido se hincha a cervezas porque eso lo más parecido a salir de fiesta que haremos en todas las Navidades mientras tú robas los bocadillos de Nocilla de la mesa de los niños, y hacer una de las cosas más necesarias y primordiales para nuestra existencia física y mental: limpiar el piso. Pero no una limpieza cualquiera. Una limpieza general a fondo y en profundidad con borrador mágico del Mercadona incluido.

No me preguntéis cómo ni por qué, pero tal día como un sábado 22 de diciembre, después de comprobar un año más que no me había tocado ni la vuelta en el sorteo de Navidad de los diabólicos niños gritones, entré en la cocina para guardar el tostador en el armario, se me cayeron 10 migas de pan en la cabeza y vi la necesidad irreprimible e irrefutable de limpiar y reordenar todos los armarios de la cocina con la misma intensidad que una clase de los Javis.

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Si os gusta el orden y la limpieza sabréis que limpiar a fondo una cocina no es cuestión de horas, sino de días. Tienes que sacar todas las cosas, limpiar los cajones, armarios y muebles por dentro con el desengrasante cocina del Mercadona (el del bote verde pistacho), secarlos con un trapo de esos que te hizo tu madre con unas sábanas blancas viejas que ya no usaba, y volver a colocar las cosas dentro de los armarios. Pero no colocarlas sin más, no. Una buena limpieza general de la cocina implica reorganizar los armarios, cambiar las cosas de sitio sin avisar a tu marido para que se pase 8 días preguntándote dónde están las tazas del desayuno y tener que tirar sí o sí el 30% de las cosas que tienes guardadas.

Porque el objetivo de dicha limpieza es ver tu cocina más despejada, y si no eres capaz de tirar esa harina caducada para bizcochos que nunca usas porque nunca haces bizcochos, por lo menos 3 vasos sin brillo alguno por el efecto del lavavajillas, una sandwichera que funciona perfectamente pero que está reconcomida de restos de queso fundido porque conozco a uno que jamás la limpiaba y que prefirió comprarse una nueva a desinfectarla, las velas del último cumpleaños, 2 tuppers de plástico que son muy poco ecofriendlies y hasta las nuevas gafas de Aramís Fuster es que, amiga, no has limpiado bien.

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3 días. 3 días estuve limpiando la cocina con todo el placer del universo. 3 días, con sus mañanas, sus mediodías y sus tardes. Y así llegamos a Nochebuena. Una noche especial en la que mi madre nos reúne a todos en casa, cocina mejillones en salsa, escamarlanes encebollados, bocas y gambas saladas. Todo acompañado de un exquisito surtido de ibéricos recién cortados, patés finos, quesos y pan de coca recién tostado. Lo nunca visto desde que Eugenia Martínez de Irujo se casó en Las Vegas vestida de Marilyn Monroe con Narcís Rebollo, se hizo este peinado y le dio un beso a un burro. 

¿Pero cuál fue mi sorpresa al llegar a casa de mi madre? Que la mujer se había venido arriba, poseída por el modernismo de su último cambio de look con el que nos había amenazado año tras año (un corte garçon y un tinte rubio platino para espaciar sus visitas a la peluquería y no teñirse porque «total así no se ven las canas») y había decidido innovar y cambiar el tradicional menú de Nochebuena por una zarzuela de pescado. Una zarzuela de pescado que al universo le parecía que tenía una pinta buenísima, pero que yo aborrecía solo de mirarla y recordar mi único episodio de vómitos de mi primer embarazo, allá por 2014.

Por si no fuera suficiente disgusto gastronómico, luego llegó Papá Noel y le trajo a mi pequeña criatura los juguetes más grandes que encontró en la tienda. Y yo volví a mi casa a la 1 de la madrugada, me senté en mi sofá, me hice una manzanilla con anís porque el atracón de polvorones da como pesadez y acidez de estómago al mismo tiempo y observé mi salón recién ordenado y lleno de juguetes gigantescos. Y entonces lo vi claro. Teníamos un problema de almacenaje y debíamos invertir lo que quedaba de nuestras vacaciones en solucionarlo. Así que, a falta de la señora morena de «Tu casa a juicio», sí. Fuimos al IKEA.

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No os podéis imaginar lo feliz que estaba el hipster de dedicar un día de sus vacaciones invernales a pasearse por el IKEA. Estuvimos 3 horas y media, que se dice rápido pero nos dio para pelearnos y reconciliarnos 8 veces; y salimos de allí con una nueva mesa auxiliar para el comedor, una cómoda y un pequeño mueble para almacenar juguetes. Un total de 8 cajas con sus maderas sueltas, sus tornillos y sus cosis que nos secuestraron en casa durante los próximos días. Sí queridas, porque en el IKEA todo parece fácil y rápido, pero cuando te pones a abrir cajas en tu casa se te queda la misma cara que a Carmen Borrego asistiendo a una clase de gimnasia al aire libre.

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Tardamos dos días en montarlo todo. Dos días. Con sus respectivas discusiones (otra vez), reconciliaciones, sus tornillos perdidos, sus «este mueble es una mierda» y sus cosis. Pero finalmente lo conseguimos. Juguetes recogidos y una cómoda en mitad del recibidor en la que todavía nos sobran cajones vacíos 🙂

Sin duda, lo mejor de estas vacaciones, después de recordar el día en que a María Jiménez le hicieron una cámara oculta en la que fingían un robo con pistola y a ella le importó 3 pitos y se quedó con su pepe sentado en una furgoneta. 

Palabra de chocha.

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