Conflictos chochiles (Parte 2)

Queridas amigas y conocidas. Os encanta un salseo y así lo habéis demostrado en la votación que lancé ayer en Instagram. Queréis una nueva entrega de conflictos vecinales, queréis dramas, peleas, jarana. No queréis que hablemos de maridos enfermos, para suerte y gloria del rubio hipster. No queréis leer un relato sin exageración alguna sobre un hombre de 34 años al borde de la muerte por tos. Una tos seca, sin mocos, sin fiebre, pero tan sumamente preocupante que tu marido se ve obligado a pedirte a gritos que llames al médico de la mutua para que venga a visitarlo a casa a las 10 de la noche mientras tú le miras con cara de «¿en serio?» y él se retoza por la cama a lo Raquel Mosquera mareada en Supervivientes. 

Nada. Vosotros preferís saber qué conflictos se cuecen en la comunidad de vecinos del bloque de pisos con vistas al Mercadona de un pueblo periférico que huele a estiércol. Pues que así sea, amigas.

Algunas fieles seguidoras de este nuestro blog recordaréis mi supremo conflicto con un viejo chocho que me acusaba de haberle rayado el coche. Por aquel entonces le quise explicar de buenas maneras y con razonamientos comprobados científicamente que yo no había sido, ya que jamás abro la puerta trasera del coche, la que supuestamente y según él entra en contacto violentamente con su vehículo provocándole estas irreparables marcas en su carrocería.

Parecía que el señor lo había entendido, que había vuelto a ser el abuelo angelical de antes, pero tras tener un percance con el coche, destrozar él mismo todo el lateral del coche y ver que su seguro le arreglaba todos los desperfectos excepto las susodichas marcas en la carrocería, ha vuelto a las andadas.

Su primer acercamiento fue en el lugar de los hechos: el parking comunitario. Yo aparecía en escena, con mi abrigo colgado, mi mochila de madre hipster y mi outfit de embarazada a la que le importa aproximadamente -3 el aspecto que tenga, lidiando con una rabieta adolescente de mi hija de 3 años. Y ahí estaba él, en la penumbra, plantado como un árbol y esperándome con una alevosía y nocturnidad solo comparable a la del payaso enano de Gran Hermano con una tarta en la mano. 

Mi primera reacción fue saludar educadamente con un «Hola». Sin embargo él no tenía ganas de protocolos sociales y me soltó:

Vecino chocho poco amigable: «Tenemos que hablar de lo del parte».

Lo del parte no existe. Lo del parte es un no. Lo del parte es qué parte usted no ha entendido de lo que hablamos hace un año. Mi cara de cansancio con la vida parece que no le quedó suficientemente clara así que me vi obligada a lanzar el titular, la decla, el total (como decimos en prensa) liberando todas las hormonas malvadas del embarazo y una ventosidad silenciosa también, por qué no reconocerlo.

Real (pronunciado rial) chocha con gases por el embarazo: «Ya le dije que yo no le he rayado el coche».

Y entorné los ojos a lo Belén Esteban agobiada por los paparazzis que le esperan cada mañana en la puerta de su casa.

Pero el abuelo con aspecto adorable no tenía nada mejor que hacer ese día. Y quiso pagar su frustración por el proyecto del ayuntamiento que planea eliminar la pista de petanca en la que tantas horas pasa para instalar una macro biblioteca de 2 millones de euros en plena era digital y con Google, Alexia, Siri y compañía encontrándote todo lo que buscas, contraatacando en una discusión dialéctica con su pobre y desamparada vecina embarazada con niña de 3 años con pre adolescencia.

Vecino chocho frustrado: «Tú me has rayado el coche y tenemos que hacer un parte porque yo he preguntado y me piden 350€ por arreglarlo».

Con lo que no contaba el vecino chocho es con mi exquisita memoria. Una memoria prodigiosa capaz de recordar la letra de cualquier canción de los Backstreet Boys, los números de teléfono fijos de la casa de los padres de mis mejores amigos del colegio y hasta el porrazo que se pegó Mayra Gómez Kemp en el especial fin de año de 1987 mientras cantaba «Las mujeres al poder» con Concha Velasco y Bibiana Fernández. 

Mi memoria me trasladó en un cinematográfico flashback al primer encuentro conflictivo que tuvimos el vecino chocho y yo en ese mismo parking. Día en el que me aseguró que arreglar el grave e irreparable desaguisado de su carrocería le costaba 150€. El viejo chocho había aumentado en 200€, así en un chas y aparezco a tu lado, el presupuesto por arreglar, recordemos, esto:

Si mi mal humor se activara con un botón, el señor chocho lo acababa de accionar con un martillo del tamaño de la Patagonia argentina, esto es así. Y no me dejó otra opción que contestarle:

Real (pronunciado rial) chocha enfadada: «Mire, me está viendo ¿no? Meto a la niña en el coche por el otro lado y vengo hasta aquí y abro mi puerta para subirme al coche. NO abro jamás la puerta trasera de este lado así que NO le he rayado el coche. Ya se lo expliqué en su momento y se lo vuelvo a explicar. No pienso hacer ningún parte y no pienso pagarle ni un duro así que no insista más».

Y como si fuera el Cordobés me subí al coche, espantando una mosca imaginaria y con portazo incluido.

Al ver como se esfumaba la posibilidad de tener un coche reluciente y flamante, recién pintado y sin gastarse ni un duro, el viejo chocho entró en cólera y decidió aporrear la ventanilla de mi coche bajo el cántico de:

Viejo chocho gritando: «A tu marido se lo digo, a tu marido se lo digo».

Como si mi marido fuera mi dueño, mi padre, la policía o alguien con capacidad para castigarme…

Real (pronunciado rial) chocha muy indignada: «Dígaselo a mi marido, sí, dígaselo».

Y arranqué y me fui. Fin del conflicto. Los días pasaban con la tranquilidad y paz que te aporta un segundo embarazo, una crisis profesional existencial, un marido enfermo con tos y una niña que ha decidido reducir todo su vocabulario a un solo monosílabo: «no». Mi cuerpo folclórico había incluso olvidado el incidente con el abuelo, pese a ver que cada vez aparcaba el coche más torcido y más cerca de mi vehículo en un intento fallido de comprobar con las leyes de la física que efectivamente yo soy la causante de todos sus males, incluida la sustitución del campo de petanca por una biblioteca municipal en plena era millennial. Pero no. La cosa no había acabado ahí. Aunque el siguiente incidente ya no fue conmigo sino, y tal y como había amenazado en su día, con MI MARIDO.

Corría una fría tarde de domingo de invierno. El rubio hipster me había convencido para que llevara a la niña rebelde al cine a tragarse 2 horas de Mary Poppins y medio quilo de palomitas, mientras él se iba a casa a toser tranquilamente. Se disipaba para él en el horizonte una idílica tarde de Play Station y ZBRUSH sin interrupciones. Sin embargo, una sorpresa le esperaba en el parking comunitario: el viejo chocho con ganas de bulla.

(A partir de ahora empieza un relato en tercera persona. Yo no estuve allí, yo no lo vi, así que lo que vais a leer aquí y ahora es la reproducción de lo que el marido hipster me contó con un pequeño plus de salseo que siempre aporta un intermediario cuando le cuenta a alguien algo que le han contando, y más si ese intermediario es una chocha. Plus de salseo también ofrecido y patrocinado por una jovencísima María Patiño sin operaciones estéticas buscando el amor en un programa de Canal Sur presentado por Martirio y su corona de flores).

¡Vamos allá! Escena 2, interior parking, luz penumbrosa, suena una música instrumental fantasmagórica. El rubio hipster entra en el parking con una tertulia radiofónica a toda volumen en la que varios chochos aseguran que el coche eléctrico contamina casi más que el normal. Un disparatado podcast de RAC1 del que mi señor esposo es fan absoluto y que me ha obligado a escuchar hasta en dos ocasiones.

De pronto, el rubio se da cuenta de que está el vecino chocho saliendo de su vehículo pero no le da importancia porque él jamás lo ha sufrido en sus carnes. Se pone a maniobrar y aparca, pero cuando va a salir del coche se percata de que tiene a un señor mayor aporreando la ventanilla, impidiéndole salir del vehículo a motor y gritando algo parecido a:

Viejo chocho gritando: «Me tenéis que hacer el parte, el parte».

El rubio hipster le hace un aspavientos en un claro reproche a lo «a usted qué le pasa». El abuelo chocho se aparta y el marido en cuestión sale del turismo con cara de Belén Esteban subiendo por unas escaleras mecánicas.

El vecino que parece haber agotado toda su paciencia decide que lo más inteligente es gritarle a un rubio hipster con tos y amenazarle con denunciarnos si nos seguimos negando a hacer un parte o a pagarle la chapa y pintura lisa y sedosa para su turismo. El marido hipster no cabía en su asombro. Y él, que nunca se inmuta, que nunca se despeina ante la adversidad, se vio obligado a entrar el trapo sentenciando:

Marido hipster que ve amenazada su placentera tarde de rodríguez y Play Station: «¿Pero usted ve normal cómo se está poniendo? Mire, no vamos a hacer ningún parte, ya se lo hemos explicado… Ponga cámaras si quiere y demuestre que hemos sido nosotros los que le hemos rayado el coche pero, mientras tanto, deje de perseguirnos».

Y se fue. Con toda su dignidad y sin haber subido ni dos decibelios su tono de voz.

Todo fachada, amigas. Porque el hipster es muy hipster pero también un hombre sensible y entró en casa con un disgusto que yo, amante de los conflictos como la que más, no voy a dejar impune. Así que, a la espera de saber lo que va a hacer el señor chocho, si va a denunciarnos o si va a instalar una gopro para vigilar los movimientos de puerta que hacemos con el coche, yo ya preparo mi contraataque: una petición formal para que retire la ampliación de su terraza, una ampliación que realizó presuntamente sin consultar con la comunidad de vecinos y que sería, por lo tanto, supuestamente ilegal. Quién sabe… igual el señor chocho consigue que vaya a la primera reunión de vecinos de mi historia… Y promete ser muy entretenida…

To be continued…

Palabra de chocha.

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