Apocalipsis chocho

Queridas amigas y conocidas, sé que estáis pensando muy seriamente adquirir el colgante «Árbol de la vida» anunciado en televisión, con su regalo de pendientes y pulsera incluido antes por 115€ y ahora por el módico precio de 49.95€, que os planteáis instalar osmosis en vuestras casas para reducir el consumo de plástico y preservar el planeta y que últimamente os halláis nerviosas, agitadas y a punto de la histeria incontrolada. Y lo entiendo. En Sálvame ya no hay público.

Y eso solo puede significar una cosa: que el Coronavirus es una amenaza real y que el apocalipsis chocho ha llegado. Sí amigas,  se acabó la risa, se acabó el pitorreo, se acabó el cachondeo verbenero. Vayan corriendo al Mercadona a por provisiones que el confinamiento está al lado de la esquina.

Martes 10 de marzo. El gobierno anuncia un paquete de medidas urgentes para intentar contener el virus: se cierran las aulas en Madrid y Vitoria, se recomienda a las empresas el teletrabajo, se prohíben los actos de más de 1.000 personas, los viajes del imserso y el público chochil en Sálvame. ¿Y qué hicimos todas nosotras esa misma tarde?

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Sí, ir a comprar en masa al supermercado de confianza más cercano con una bolsa de plástico colocada ingeniosamente en la cabeza a modo de mascarilla.  Y todo para comprar, ¿qué? Papel higiénico.

Hablemos de esto, amigas y conocidas. Ante una hecatombe vírica todas nosotras y digo todas nos hemos empujado por los pasillos del Lidl para comprar papel higiénico y nos hemos peleado con otras chochas para coger el último ejemplar al más puro estilo Tony Genil arrebatándole una bolsa de arroz a Tamara Gorro en Supervivientes.

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 Chocho random llenando su carrito de la compra:  «Mari coge dos»

La Mari despistada:  «¿Dos de qué?»

Chocho nervioso: «De papel de váter corre, coge dos paquetes»

La Mari incrédula: «¿Pero para qué quieres que coja dos paquetes si tenemos en casa papel de váter?»

Para qué, señoras. Esa es la pregunta. Por qué nos hemos obsesionado en adquirir papel higiénico y cómo puede ser tan maravilloso este vídeo de Aramís Fuster bailando la danza del vientre torpemente.

 

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Yo intentando seducir al chico que me gusta en la discoteca.

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Lo sé, sé que os costará olvidar esta imagen y que lo de comprar compulsivamente papel higiénico no ha sido cosa vuestra, sino de vuestros maridos cagones. Sé que han sido ellos los que os han empujado a hacer semejante compra desproporcionada pero por qué, amigas. ¿Por qué hemos llenado nuestros carros con 4 paquetes de 12 rollos doble capa cada uno cuando el Coronavirus no da diarrea?

Reflexionemos. Pongámonos en el peor de los casos. Pongámonos que llevamos un mes confinados en casa, que no podemos salir, que, por supuesto, tu marido y tú ya os habéis divorciado, que nos introducimos una galleta María entera en la boca por puro aburrimiento y que somos incapaces de sacárnosla.

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Y que las provisiones de papel higiénico se han terminado. Tú vas al baño y ¿necesitas papel WC? ¿No tienes una ducha, un bidé para asearte tus partes? ¿No tienes toallas, no tienes trapos, no tienes sábanas viejas o cortinas en tu casa que te puedan servir? Pues deja de comprar papel higiénico y guarda espacio en tu despensa para lo que realmente necesita una chocha en 14 días de cuarentena y otros tantos de confinamiento: PIPAS.

Miércoles 11 de marzo. 9 menos 10 de la mañana. Los coches hacen cola para entrar al parking del Mercadona mientras un grupo de chochas espera a que abran las puertas. Entre ellas, yo. Llevo un carro vacío y bolsas reutilizables para parar un tren. Abren las puertas y todas nos empujamos para entrar las primeras.

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La mayoría se dirige a la sección de conservas y ¿dónde vamos las verdaderas chochas? A la sección de picoteo. Cojo palomitas, cojo cacahuetes, cojo patatas y siete bolsas de pipas mientras intercambio miradas con otras señoras y sonrisas de «no es por el Coronavirus, es mi compra habitual». Sí, porque allí estamos todas llenando el carro con bolsas de revuelto cocktail para 3 años pero con actitud de «yo no estoy nerviosa, yo no he perdido la cabeza, aquí no pasa nada» y una discreción que ríete tú de la de Torito paseando unos globos dorados por el plató de «Viva la vida».

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Y sales del Mercadona con el carro lleno a rebosar, eufórica, pletórica y satisfecha porque sabes positivamente que cuando llegue el fin del mundo desnutrida no vas a estar.

A continuación vas a la farmacia y compras mascarillas para todo el pueblo, paracetamol, ibuprofeno, sal de frutas, el XLS medical para contrarrestar el atracón que te vas a pegar durante tu confinamiento, crema de manos, una lima eléctrica para entretenerte reparando tus talones agrietados y otros productos de primera necesidad, mientras procuras mantener una distancia de seguridad de un metro con el resto de chochas, como lo haría Isabel Pantoja con Chelo García Cortés.

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Pero no, no has entrado en pánico. Todo normal. Todo bien. Eso intentas aparentar en todo momento sin darte cuenta de que tu comportamiento es lo más parecido que verás jamás al de Isabel y Vicenta, las dos vecinas de Valencia que se enzarzaron en un conflicto vecinal sin precedentes con denuncia incluida porque una supuestamente le tiraba orina a la otra mientras la afectada se paseaba por la comunidad de vecinos de esta guisa.

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Cojan sus teléfonos móviles y graben, señoras, porque al igual que Isabel y Vicenta, lo de estos días será recordado por los siglos de los siglos como la epidemia que nos volvió a todos chochos. Aún más chochos.

Palabra de chocha.

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