Adicciones

Señoras reinonas todas, lectoras y seguidoras de este nuestro blog. Septiembre es el mes de los buenos propósitos. Es el mes en el que te propones perder por lo menos 27 kilos, apuntarte a yoga aéreo, colgarte de una cinta elástica y dar vueltas diabólicamente mientras tonificas tu abdomen, tus muslos, esa chicha flácida que se te une inoportunamente en la entrepierna y hasta el mismísimo coquieso. Es el mes en el que decides retomar tus clases de inglés, aunque tenga que ser con los casetes de Home English que has encontrado haciendo la limpieza de armarios que también te has propuesto hacer. El mes en el que prometes peinarte con plancha incluida y ponerte por lo menos BB Cream cada vez que salgas de casa. EL mes en el que hacer una colección de zapatos en miniatura se te antoja como la mejor idea del mundo.

Sí, estoy hablando de septiembre como si esto fuera de rigurosa actualidad a pocos días de que empiece octubre. Y sí, mi madre y yo hicimos esa colección de zapatos en miniatura de todas las épocas, con armario de puerta de cristal incluido para guardarlos todos y adorarlos. Una colección que tuvo la gracia y gloria de decorar la repisa de la chimenea de nuestro salón durante 12 años y que tiramos sin ningún miramiento ni melancolía hace varios meses.

El chochismo tiene esas cosas. Que te da pena tirar y acumulas reliquias por todas partes y que desarrollas adicciones extrañas. Hablemos de este tema, claro que sí. Hablemos abiertamente de las adicciones y no os vayáis a hacer las sorprendidas nivel Cristina Rapado y su fingido sobresalto al encontrarse con la gran Reina del Raval en un semáforo. Todo muy casual. Todo muy sencillo.

Toda chocha tiene una adicción. Y para que veáis que yo no tiro la piedra y escondo la mando hoy os voy a hablar abiertamente de la mía. Un adicción que me tiene obsesionada, que no me deja vivir y que ha hecho hasta que me pelee con otras señoras chochas adictas a lo mismo que yo montando un pollo a lo Manuela Trasobares rodeada de travestis en el plató de Canal 9.

Atención, revelación:

Me he enganchado a las tortas de maíz con chocolate con leche y avellanas de Bicentury. Ya está, ya lo he dicho. Vamos a darnos todos 5 segundos para digerir esta información.

Ya está, gracias.

A ver, lo sé. Os veo venir. En estos momentos ronda por vuestra cabeza la malintencionada idea de que estoy exagerando. Os veis incapaces de asumir que una mente adulta se haya enganchado a comer una especie de suelas de esparto. Porque eso es lo que parecen, sí. Y os digo una cosa, yo también las subestimaba, yo también me reía, yo también miraba el paquete y decía «sí, ja ja, de dieta… Toma 100 calorías… Toma E- no sé cuantos números y sus cosis, toma que eso lo único que hace es hincharte, toma que eso te lo comes y te bebes dos vasos de agua y explotas como los pechos de Ana Obregón en un avión, toma gratuitamente este vídeo de Aramís Fuster haciendo gimnasia en la cama con un body reptilesco, un abanico de plumas y una manta».

Las probé este verano en la oficina. Porque resulta que trabajo en un sitio que vela por sus trabajadores, en el que compran frutas que son de dominio público para toda la oficina y algún que otro pecadito de chocolate. Era agosto, hacía calor, Isabel Pantoja todavía no había llamado dos veces a Sálvame, la ensalada de cogollos que había llevado para comer estaba aproximadamente entre manto inferior y el núcleo interior de este nuestro planeta Tierra, y estaba a punto de darme un vahído.

Mi instinto de supervivencia me decía que necesitaba comer. Unas pocas calorías, una Cocacola con toda su azúcar y cafeína, una pizza cuatro quesos, una tostada con Nocilla, un algo. Me acerqué al armario comunitario y entonces las vi.

Con todo su envoltorio, sus 64 calorías, sus 4×2 tortas, su avellana resplandeciente, su maíz photoshopeado y una insignia de «nuevo» que no hacía otra cosa que llamarme y seducirme con su novedad. La abrí con pocas ganas, vamos a reconocerlo, pero cuando las probé… ¡Ay cuando las probé! Cuando las probé me sentí como una de esas madres buenorras que se encuentran casualmente con Jordi Cruz por la calle con un paquete de tortas en la mano.

Comprendí incluso que los supermercados Condis hubieran destinado una parte de su presupuesto para grabar un vídeo de dudosa calidad con una señora a la que claramente le habían tirado colorete a puñados mientras se paseaba por los pasillos del hipermercado (me gusta esta palabra) con una camiseta agujereada sexymente y una rebequita de mosquita muerta.

Acababa de ingerir el revulsivo al aburrimiento más sabroso del universo, por encima de las pipas, los quicos,  las pipas de girasol (que a falta de pipas normales pues, oye, te sacan de un apuro) y por encima incluso de la bolsa de revueltos cocktail del Mercadona.

En tres días me había comido todo el acopio de bolsas Bicentury de la oficina, después de apoltronarme en todas las reuniones mascando tortas al estilo Belén Esteban comiendo mandarinas en Gran Hermano Vip.

En ese momento no percibía que estuviera enganchada. Es más, sentía que lo tenía totalmente controlado. Lo mío era un consumo esporádico. Nada de cada día, ni en casa, podía dejarlo cuando yo quería. Hasta que las tortitas se terminaron, Amazon Prime decidió demorar su entrega un día y a mí me entró tal mono que tuve la necesidad de comprarme mis propias Bicentury.

Primero fui al Mercadona de delante de mi casa, pero Mercadona + pueblo periférico que huele a estiércol es igual a poca variedad y a escasez absoluta de productos de primeras marcas. Convencí a mi marido hipster y a mi hija para ir al Carrefour, porque seguro que en el Carrefour están y de paso me llevo la segunda unidad al 70% de las pastillas de la lavadora, me decía yo instrospectivamente en voz en off.  Cogimos el coche (sí, porque el Carrefour no está en mi pueblo), hicimos un trayecto de 25 minutos, repito, 25 minutos en coche para ir a comprar unas tortas Bicentury, llegamos al Carrefour, entré al supermercado y descubrí medio pasillo entero dedicado a las tortitas.

(Sonido de cascabeles repicando festivamente)

Me tiré en plancha pero, de repente:

Es Raquel Mosquera ingresada en un psiquiátrico pero podría haber sido yo perfectamente después de vivir lo que esa tarde viví. Esperaba encontrar mis tortas rápidamente, pero había una chocha senior que no me dejaba mi espacio  vital para rebuscar tranquilamente. Iniciamos una batalla de codazos e intromisiones a la intimidad y a la visión de los estantes, hasta que mi paciencia se agotó y, convencida de que la señora estaba más chocha que yo y no encontraba lo que debía tener delante de sus narices le espeté:

Real (pronunciado rial) chocha muy nerviosa: «Señora, ¿qué está buscando?»

Y entonces lo dijo. De carrerilla y sin coger aire:

Chocha senior: «Las tortitas Bicentury de maíz con chocolate con leche y avellana».

Real (pronunciado rial) chocha: «Yo también»

El tiempo se detuvo. Nuestras miradas se cruzaron con odio y alevosía y reiniciamos nuestra búsqueda con más ímpetu. Nos íbamos mirando de reojo y nos lanzábamos tortitas de arroz con el mismo color de envoltorio para confundir a la otra. Una verdadera batalla campal de señoras solo comparable a las que se viven en el Corte Inglés el primer día de rebajas de la Semana Fantástica delante del stand de 3×2 en bragas.

Por supuesto, tengo menos Aero-Red, Dermovagisil y Tena Lady a mis espaldas y fui la primera en encontrarlas. Pero, ¿sabéis esos vídeos de Youtube en los que el primero empieza a celebrar su triunfo antes de tiempo y el segundo le adelanta y gana? Pues no. No pasó eso.

La señora no me arrebató mi paquete de tortitas, pese a que se estaba preparando para darme un bolsazo, esto es así, real como la vida misma. Sino que mi alegría se esfumó al comprobar que no eran mis tortitas. Estas llevaban la avellana espolvoreada por encima y no incorporada en la crema y eso, amigas y conocidas, no es lo mismo.

En ese preciso instante me sentí como Mayka Navarro, desconsolada en directo y escuchando como Queen Ana Rosa Quintana despedía la conexión con un «llora un poquito». Por suerte mi marido me rescató de mis ensoñaciones.

Marido hipster: «¿Qué estás buscando?»

Y se lo expliqué: que quería unas tortitas, unas tortitas de maíz con chocolate con leche y avellanas. Me dijo que «pues esas son» y le dije que no, que no eran las mismas, que mis tortitas son especiales, que están muy buenas, que él no podía comprender lo que estaba sintiendo, que el mundo entero era cruel, que el mar está lleno de plástico, que las ballenas se mueren y que Kiko Matamoros y Makoke se van a divorciar.

Mi marido desconectó en mi segundo puchero y se fue a perseguir a nuestra angelical descendiente que estaba vaciando medio pasillo. Y entonces mi peor enemiga, la chocha senior me puso su mano en el hombro y sentenció.

Chocha senior: «Es que son adictivas».

Sí, lo son.

Palabra de chocha.

2 comments
  1. Tu blog me da la vida, porfavor no lo dejes nunca 💘

    1. Gracias, bienaventurada amiga.

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